El arte de contar la verdad
Ha sido definido como ventana al mundo, perro guardián, constructor de la realidad; como mentiroso, propagandista, un mercenario del poder, el detective del pueblo o el garante de la democracia, pero todo el mundo lo conoce como el periodista. Esa extraña raza de hombres que habita en la redacción de un periódico, radio o televisión, que lucha por contar la verdad.
“Todos nosotros –periodistas, escritores, comunicadores– solo escribimos y decimos lo parcial para contestar a lo incompleto”. Así definió la profesión el escritor mexicano Carlos Fuentes en la entrega de los premios Ortega y Gasset en Madrid. Recordaba de su maestro Ortega “la lucha por la claridad de las ideas y la felicidad de la frase”. Siempre del lado del público, de la sociedad, dándole las herramientas para ese atrevido ejercicio de pensar en los hechos que les rodean.
En estos tiempos que corren, el buen periodista es más necesario que nunca. Paradójicamente, los buenos periodistas son acusados hoy de antipatriotas o mentirosos al servicio del enemigo.
No por ello el periodista pasa a ser un héroe o el protagonista de la historia, al menos no más que cualquier otra persona. Su función consiste en servir de conductor de los hechos y de las palabras del otro. El periodista cabal intenta huir del envanecimiento por la profesión, sin por ello quitarle un ápice de importancia a lo que hace.
Aún quedan muchas puertas por abrir en la profesión, muchos campos por explorar. El periodismo social se abre paso entre las secciones de sucesos y sociedad. Puede que en el futuro los periódicos se den cuenta de que lo humano también vende.
No quedan tan lejos las palabras que Faulkner le dijo a Hemingway. “Ninguno de nosotros logró realizar el sueño de la perfección, así que hay que juzgarnos teniendo en cuenta nuestro espléndido fracaso en la consecución de lo imposible”. Un fracaso espléndido y totalmente necesario. Menos mal que ninguno de los dos renunció a esta búsqueda tan dura y a la vez tan gratificante.
