El clásico funcionario
Un funcionario es aquel trabajador que se desempeña en un organismo público del Estado. Dentro del engranaje gubernamental se les pide honestidad, responsabilidad y cumplir con las normativas establecidas, para no actuar en base a intereses individuales o de grupos partidistas; también, en casos especiales, tienen en sus manos el poder facilitar, en base a la lógica, algunas acciones que permitan un trato cordial, benevolente y respetuoso hacia el prójimo que asiste a la institución en busca de un servicio.
En reiteradas ocasiones he tenido la oportunidad de experimentar, en mi Panamá, el país de las oportunidades, con seres que en realidad requieren de ese trato especial por parte del funcionario. Al escuchar una experiencia reciente me dije: Quizás es el momento para abordar el tema; y en efecto es lo que haré.
Para ello fijo un ejemplo que al igual que este asegurado, a lo mejor lo viven muchos otros que se acercan a un centro médico en busca de salud. Hace unos días un paciente de edad madura, con residencia en las afueras del centro de la ciudad, madrugó a las tres de la mañana para realizarse unos laboratorios en la Especializada; ya tenía cita previa, pero equivocó la fecha. Aun sin percatarse del error, formó la fila, ubicándose entre los diez primeros en llegar. Lograr estar entre los primeros era gratificante, pues era garantía de no llegar tarde a su empleo. Pero, ¿cuál fue la sorpresa? Pese a que había podido superar los filtros previos, una vez llegó donde el laboratorista, se sentó y se remangó la camisa para realizarse la prueba, luego, esta con el algodón en la mano le dijo: Su cita es para el 15 y no el 13. ¡Qué decepción! ¿Cómo era posible que hubiese confundido las fechas? Se preguntaba. Aun así tuvo que soltarse la manga de la camisa y retirarse del lugar para esperar dos días después y hacer la misma travesía para cumplir con el laboratorio solicitado por el endocrino.
El funcionario es el garante en la operación de las instituciones públicas, pero en ocasiones la lógica y el sentido común deben prevalecer para detectar hasta dónde un acto humanitario le permite hacer excepciones, y dejar por un momento de ser el clásico funcionario.
