Opinión - 26/5/16 - 12:00 AM

El día que Panamá se detuvo

Por: Azihra Valdés M Periodista -

El sol se asomó tiernamente inadvertido que los eventos de esa fecha cambiarían la historia de Panamá. Desde muy temprano, los vagones vacíos del metro se balanceaban sobre rieles vírgenes, realizando sus últimas pruebas. El presidente estaba ansioso como un niño, no tanto por los cinco años que tuvo que esperar para inaugurar su obra insignia, sino por acabar con décadas de abandono que aguantaron más de un millón de panameños. Camino a Las Garzas pensó en voz alta: -Hoy tendremos otro gran cambio-. El conductor sabía que esas palabras no eran para él, pero por si las moscas le contestó: -Así será, señor-.

Durante el desayuno, el mandatario yacía inusualmente ensimismado. Tomó la taza de café, recostó la cabeza en el sillón y recorrió con la mirada los retratos de los expresidentes, ordenados cronológicamente en el vértice del techo como una magnánima moldura. Frenó el recorrido en la última imagen y espetó: -Martín, tú ni en foto miras de frente-. Se lamentó de que pronto su figura inmóvil estaría dibujada en esa pared imperecedera, convirtiéndolo en el pasado.

Al bajar la cabeza, una pila desordenada de periódicos viejos le llamó la atención. Se paró para ordenarlos y el titular de “La Prensa” del 2 de abril lo sacó abruptamente de su estado meditabundo: “EJECUTIVO MANDA EN LA CSJ”. -¡Cínicos!- reaccionó. -Si supieran que esos magistrados son más oposición que el mismo “Botellón”-. La secretaria entró al despacho sin golpear pensando que la estaba llamando; Martinelli le entregó los diarios vencidos, reclamándole: -¿Es que ya no limpian aquí?-.

Aunque en las postrimerías de su gobierno, el presidente no era de mirar hacia atrás ni de detenerse. Le importaba el futuro y que las obras continuaran. El pliego de la Línea 2 del Metro estaba listo para licitar, pronto empezaría la construcción del nuevo Hospital del Niño y los 4 paños Santiago - David. Miró el reloj y saltó del escritorio: -¡Chuchi-, ya son las siete! Se me fue la mañana-. Hizo entrar con urgencia a la directora de Metas, quien hizo un minucioso recuento sobre el avance de las obras. La Ciudad Hospitalaria iba a toda marcha, el centro de convenciones, con un avance del 25%, prometía ser la joya del turismo regional, y ya habían empezado la instalación y pruebas de los radares. La Cadena de Frío estaba en sus últimos ajustes para que el nuevo gobierno conectara el campo con los mercados. El presidente la detuvo para preguntarle orgullosamente: -¿Sabes por qué es tan importante este proyecto?-. La esbelta directora conocía la respuesta, pero lo animó a explicarle. -Si aumentas el tiempo de vida de las verduras y vegetales, reduces la merma y así el costo de la canasta básica-.

Una a una, fueron enumerando las obras que inauguraría el nuevo gobierno y al terminar se despidió jactándose: -Si yo hubiera recibido tantos proyectos en construcción, el eslogan “Más en 5 que en 50” me hubiera quedado corto-.

El sábado 4 de abril, con lágrimas en los ojos, Ricardo Martinelli inauguró el Metro de Panamá, que como tantas otras obras sociales y de infraestructura, cambió la vida de los panameños. Un mes después, ante la sorpresa de todo un pueblo, Juan Carlos Varela, visiblemente estupefacto, ganó las elecciones. Ese fue el día en que Panamá se detuvo. El 1 de julio de 2014, la fuerza perniciosa y retrógrada de su administración se apoderó de las instituciones. El florecimiento logrado con la inercia se mantuvo por un tiempo, pero un gobierno sin motor paraliza al más trabajador de los pueblos. La maldad alimentó la maleza que se tragó las obras y el odio desató un retroceso.

Años después, desde su autoexilio, Martinelli veía con impotencia los lamentables sucesos de su patria. El dolor de la distancia acentuó su tristeza. Recordó una frase de Víctor Hugo que era el vivo retrato de Varela: “Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”. Se asomó por la ventana mientras emocionado pensaba: -Cambiamos Panamá, coño, íbamos bien, llenos de optimismo, hasta que llegó el régimen de venganza, incompetencia y corrupción de Juan Carlos-. Una brisa fresca del Caribe le colmó el corazón de esperanza, sacó la cabeza y gritó: -¡2019 a la vista!-.