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Estaba en una reunión de varios profesionales. Por lo menos uno de ellos tenía dinero y bienes por un millón de dólares. Los otros poseían fortunas. El más limpio era yo. Me encontraba allí por toda mi experiencia en la lucha contra la dictadura militar panameña. En dos ocasiones había sufrido amenazas con armas de fuego por parte de militares y G2. Unas cuatro veces pude escaparme de persecuciones a pie y en carro por mis actividades contra los militares, etc. A finales de los años ochenta del siglo pasado la situación económica del país era terrible.
Muchos negocios habían cerrado por la falta de dinero en el pueblo. Estaban congelados algunos ahorros de instituciones bancarias. El dólar circulaba poco. Los sueldos del Estado se pagaban hasta con un mes de atraso. Como los bancos no querían cambiar los cheques del Gobierno, se tenía que dar mínimo un 10% del sueldo a unos sujetos que de la noche a la mañana aparecieron en las esquinas y supermercados. El tema de la conversación se basó en la posibilidad de tener que irse de Panamá, para salvar hasta la vida y sobrevivir a la mala situación.
Anteriormente varios panameños se fueron a Canadá, país que los acogió y respaldó como refugiados. Otros estaban por Miami y demás países, entre ellos Costa Rica. Varios profesionales señalaron que podían salir de Panamá en un exilio voluntario, pues tenían los recursos económicos para hacerlo. Luego de una hora de conversación se acordó dejar para después irse de Panamá y seguir enfrentando a la dictadura militar. Es necesario que jóvenes panameños de la actualidad conozcan lo malo que fue vivir en esa dictadura de 21 años.
Muchos tenemos que agradecer a personas y organizaciones que nos quisieron proteger de la maldad de los militares. En lo personal agradezco a una universidad norteamericana, cuyo nombre no recuerdo, que ofreció cursos especiales a profesores civilistas para sacarnos del peligro. También agradezco a una organización religiosa de EE.UU. que al conocer la situación de Panamá me ofrecieron refugio. Algo muy especial ha sido mi reconocimiento al artista cubano Armando Roblán (q.e.p.d.), quien me envió un emisario para que me fuera a Miami, donde los exiliados cubanos me respaldarían. También a mi hermano y dos primas con residencia en Estados Unidos.
Nunca nos arrepentimos de no habernos ido, por eso comprendo la actitud de varios panameños a quienes no les ha gustado el problema y los gastos que han causado los cubanos en este y otros países. Ahora que la dictadura cubana permite el regreso de EE.UU. a ese país comunista, varios no entienden eso de irse a disfrutar "el sueño americano" a "costillas" de otros.
