Los frutos
En la liturgia hay un momento específico para cantarle la gloria a Dios. En los salmos se repite con frecuencia que es justo y necesario darle gloria a Dios. Pero debemos tener cuidado de no quedarnos solo en las palabras y verdaderamente darle gloria a Dios. Por ello, Jesús nos enseña cual es la forma correcta de darle la gloria a Dios: “La gloria de mi Padre está en que den mucho fruto, y sean mis discípulos. ”(Juan 15,8) Por lo tanto, darle la gloria a Dios está unido indisolublemente a nuestros frutos.
A partir de allí debemos reflexionar ¿Qué son los frutos? Pensamos que la enseñanza del catecismo en el articulo 901 nos aclara este tema cuando nos dice: "Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios.”
El Señor nos dice: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.” (Juan 15, 4) La relación con el Señor no es casual ni momentánea sino permanente. No seamos como aquellos hombres que solo están casados cuando su esposa está presente, pero el resto del tiempo viven como solteros.
