Panamá, de primer mundo
Panamá tiene todo lo necesario para ser una potencia mundial de primer orden. Además del dólar, que es una de las monedas más fuertes, cuenta con la vía interoceánica, los modernos puertos a ambos lados del océano, que son claves para el comercio marítimo mundial y representan una fuente de ingresos millonarios para el país, sin mencionar el centro bancario internacional.
La administración de Ricardo Martinelli, en cinco años, creó infraestructuras y desarrolló -sin egoísmos- otras obras que dejó andando la administración de Martín Torrijos, y es que así tenía que ser, una gestión debe apoyarse en los planes de la inmediatamente anterior para que el país siga creciendo.
“A contrario sensu”, la administración de Juan Carlos Varela ha detenido esta cadena de progreso que se venía gestando en administraciones anteriores y ha impuesto un clima de regresión y oscurantismo sin precedentes en el país.
Con esa mentalidad, Panamá no será la potencia económica con que todos soñamos en que se convierta más temprano que tarde.
Las taras burocráticas y los males congénitos de todas las administraciones, como la corrupción y el nepotismo, en esta administración están “vivitas y coleando” y en vías de profundizarse.
Si a esa situación le sumamos la persecución política, el autoritarismo y la justicia selectiva, lo que tenemos es una peligrosa receta que nos encamina a convertirnos en un desastre de país.
Es necesario, por el bien de todos los panameños, que la actual administración de un golpe de timón y nos enrumbe por caminos de progreso, bienestar y concordia entre panameños, sin distingo de banderías políticas.
Varela debe tener claro que el revanchismo no es buen consejero y que todos, aun los que adversan su gestión, quieren que él, como buen capitán que dijo ser, lleve la nave del Estado a puerto seguro.
Lo contrario será entronizar en la sociedad panameña la ruina material y moral a la que parece nos estamos acercando, a pesar de ser un país tan rico y con tantas posibilidades de progreso.
