Opinión - 08/7/14 - 02:49 AM

Sinceramente equivocado

«Candelario efectuaba [cada sábado]... una serie de visitas a los cabarets y [a las] discotecas más exclusivas de la ciudad, para asegurarse de que la [música] salsa,

Hermano Pablo

«Candelario efectuaba [cada sábado]... una serie de visitas a los cabarets y [a las] discotecas más exclusivas de la ciudad, para asegurarse de que la [música] salsa, como la mala hierba, no volviese a levantar cabeza en ellos. [Acompañado de su amigo Pedro,] había entrado aquella noche [en el cabaret de Susana]... Pedro, como solía hacerlo cada vez más a menudo, prefirió sentarse solo...

»Hacía escasamente una semana había [surgido] entre ellos un altercado penoso: en una visita reciente a Guamaní, el pueblo del cual ambos eran oriundos,... se habían puesto las botas cazando soneros por los tinglados de Villa Cañona y, al regresar con ellos a la capital, Pedro le había pedido a Candelario que los pusiera en libertad. Entre los detenidos aquel día se encontraban su tío Monchín y tres primos suyos, quienes se habían unido recientemente a los soneros como trompetista, baterista y conguero.

»—Son compueblanos suyos, capitán —le dijo genialmente, seguro de que Candelario los protegería—. Le aseguro que, si se han metido a músicos, no es para luchar por la independencia, sino para no morirse de hambre.

»Candelario, sin embargo, se negó a complacerlo. Le había sido muy doloroso tener que adoptar aquella actitud disciplinaria con los soneros, y a causa de ello, en las noches casi no lograba conciliar el sueño. [Pero] hacer una excepción de los parientes de Pedro... solo lo haría sentirse peor.

»—Lo siento, camarada —le dijo...—. Pero en la academia me enseñaron que la ley se aplica sin excepción —y le prometió, que, una vez efectuada la paliza, les permitiría a sus parientes unirse a [su] banda militar, donde cambiarían la trompeta por un trombón de vara y los cueros por un tambor militar.

»En los días subsiguientes, Candelario, que de veras apreciaba a Pedro, intentó subsanar el agravio de [los latigazos descargados] sobre sus familiares, pero la relación entre los dos amigos ya no volvió a ser la misma».

Así cuenta la escritora puertorriqueña Rosario Ferré uno de los insólitos incidentes en la cadena de acontecimientos que llevan a «La extraña muerte del Capitancito Candelario» en su obra ficticia, compuesta de cuentos, titulada «Maldito amor».

Si bien nos parece inaudito que se persiga a determinado grupo de personas por el inocente delito de preferir el género de la salsa, más lamentable aún es que se persiga al prójimo por su fe en Dios, ¡como todavía sucede en pleno siglo veintiuno! ¡Que Dios nos libre de los intolerantes culpables de semejante persecución, a quienes les espera el día del juicio!