Solos, pero no en soledad
Después de vivir una vida llena de sueños, muchas personas de avanzada edad acaban aisladas del mundo tras el fallecimiento de su pareja. El aislamiento suele ser involuntario. Y se basa en el sentimiento que tienen estos ancianos de no querer estorbar.
Este estado de soledad suele ser similar a la depresión y a la ansiedad, según varias posturas psicológicas. Sin embargo, hasta hace poco, este sentimiento de vacío no se consideraba un verdadero problema psicológico.
Pero no son solo los mayores los que se sienten abandonados. La soledad crónica es una enfermedad que puede sufrir cualquiera, con independencia de su edad. Un grave problema que puede llevar a la resignación, además de acarrear males físicos como la elevación de los niveles de cortisol, lo que aumenta el estrés. Todo esto puede traducirse en un incremento del 26% de las probabilidades de mortalidad.
Lejos de este problema se encuentran aquellos que escogen vivir solos, pero no en soledad. Porque cada vez son más las personas que deciden vivir solas. Sin embargo, evitan aislarse. Juan Díez Nicolás, catedrático emérito de Sociología de la Complutense de Madrid, explica que las redes sociales hacen que tener compañía sea ahora muy fácil. “La gente no quiere ataduras, sino tener la sensación de libertad, salir con una persona, pero no renunciar a otras. Este individualismo responde a un exceso de recompensa del ego vinculado a la libertad de consumo”.
Por otro lado, la socióloga y escritora Ángeles Rubio opina que “lo que es una pena es la soledad en compañía. Porque poder vivir solo es un síntoma de calidad de vida”. Y concuerda con ella un comentario anónimo registrado en una de esas redes sociales que se pronuncia de la siguiente manera: “Soy parado de larga duración, tengo 53 años. No tengo familia directa y me encuentro en una situación económica muy límite. Pero mis intereses profesionales y culturales no. Sin embargo, a falta de dinero, no puedo ir a ver una exposición a un museo o moverme en temas culturales. Y ya no solo por el pago de la entrada, sino también por el gasto de la movilidad que conlleva ir y volver de los sitios. Por eso, muchas veces me siento solo y huérfano. […] Mi soledad no solo es física, es también cultural, intelectual y profesional. Porque todas ellas, sin dinero en el bolsillo, no se pueden realizar”.
