Víctor Bruce 1930-2016
Precisamente en un par de semanas daba inicio la XIV Feria Agropecuaria e Industrial de San José de David, a las fechas yo trabajaba en el departamento de rótulos de la Cervecería Chiricana, cuyo gerente general era el egregio periodista don Manuel Ramón Guerra. Allí compartía labores con dos veteranos de la pintura comercial: Luis "Lucho" Valdés, un excelente pintor de rótulos, retratos y paisajes de la campiña, y Octavio Domínguez, nica asentado en suelo vallelunense desde hacía muchos años y a quien por su gran energía, carisma y disposición para el trabajo le decíamos "hormiguita".
En ese tiempo la Feria de David era realmente un vórtice de actividades, agrícolas, ganaderas, artesanales, culturales, turísticas e industriales, y nuestras labores se volcaban sobre ese evento, puesto que las dos cervecerías establecidas en la provincia competían ferozmente para captar consumidores para sus productos, sumando también a las empresas roneras y sus afines. Empero, todos trabajábamos, en gran camaradería, para lograr los pabellones más lujosos, espectaculares y coloridos para prez y triunfo de cada una de nuestras entidades de faena. Nuestra Feria era la más grande y concurrida del país.
Por mi trabajo, podía entrar a todas las áreas, así que lo invité a echarle un vistazo al monstruo por dentro. Caminamos profusamente por el área, sopesando posibilidades. La opción más plausible sería asociarse con alguien que ya hubiese alquilado su área y compartir gastos. Pero Víctor estaba tan entusiasmado que todos los espacios le parecían pequeños. - ¿Para qué quieres más espacio? - le dije - pones un par de cuadros para que la gente vea lo que haces y te dedicas a dibujar retratos que de seguro te dará buenos dividendos… No obstante, sus planes iban mucho más allá.
Quedaba muy poco tiempo, urgían dos cosas. Obtener los permisos de los directivos del evento… y ¿de dónde saldrían los cuadros?... una cantidad así no se pinta en una semana. - No te preocupes por los cuadros - me acotó Víctor. Y agregó: - si me consigues el permiso, yo traigo los cuadros que tengo en Panamá.
Dudoso por el éxito de tal empresa, me acerqué a algunos directivos y conversé con don Ramón. Para mi sorpresa no hubo problema alguno. Al contrario, a don Ramón le pareció una locura excelsa. - Bueno, Víctor - le dije a mi amigo - Ya está todo listo… permiso concedido ¿y los cuadros?
Cuando se ponía a trabajar llevaba un ritmo frenético. Víctor viajó raudo a la capital y regresó de inmediato con un camión cargado de lienzos con profusión de temas, paisajes diversos, equinos al galope, bailarinas, silfides y un largo etcétera. Verdaderamente trajo casi mil cuadros o algo cercano. Como no quería dañar los árboles, consiguió una tropilla de mozalbetes y les enseñó a amarrarlos. Dos por árbol. Y esa fue la primera y única vez que tanto arte se lució en cualquier evento ferial panameño, me atrevo a apostar, doble contra sencillo, que en toda nuestra historia republicana jamás un solo pintor ha tenido una exposición tan nutrida, tan apreciada y tan cuidada por el mismo público.
