Opinión - 31/7/14 - 12:30 AM

Encontrón de la doble sentencia

Aquella visita con documentos y la charla con mi jefe —que este provocó, tal vez sin querer— señalaría un indicio potencial del expediente secreto, de lo

Roberto Díaz Herrera

Aquella visita con documentos y la charla con mi jefe —que este provocó, tal vez sin querer— señalaría un indicio potencial del expediente secreto, de lo que todos comentan en privado desde el día 1 de agosto de 1981, pero de lo que aún hoy nadie de los que saben mucho quiere hablar ¡códigos del silencio!...

Con el general, sostenidamente, conversaba de todo; pero en ese tema, él prefería mantenerme al margen. —“Cuídate, debes vivir más que yo, Roberto. Debo dejar los tratados firmados… luego, no me importa”. Sin embargo, esa tarde, a solas, él precipitó el comentario.

- ¿Sabes que el oficial que tanto te preocupa y Hugo Spadafora cruzaron sables en mi presencia? Yo lo provoqué; quería escuchar de una vez por todas las acusaciones tan fuertes de Hugo, y llamé al susodicho, y los encaré. Le respondí: —¡Hugo, ante ti, y delante de ese hombre!, Omar, ¿y lo acusó en tu presencia?

- Coño, no sé por qué te lo dije; deseo mantenerte por fuera de ese baile; sí, Hugo le dijo en su cara y ante mí, prácticamente lo que quiso y yo permití… mil detalles escabrosos; de todo, armas, drogas, etcéteras. Volví a hablarle: —Carajos, Omar, ¿y se defendió o contraatacó el de aquí?

-Nada, nadie le conmueve la cara de piedra; tú lo conoces. Solo me dijo que “él no quería seguir sintiendo la humillación de un careo con ese hombre —Hugo— que lo odiaba y denigraba”. —¿Y estaban solos, Omar?

— No, había otros ojos, pero no te daré detalles, más de los que te confíe. Repito, no sé por qué te traje el tema, pero está dicho, hasta allí. —¿Y dijo sobre narcotráfico y contrabando de armas, Omar?

—Todo estuvo contenido en minutos, hasta que lo detuve. Fue una tormenta para el otro. Sé que si no estuviera yo en el medio, Hugo estaría sentenciado en pocos días. Me preocupé.

—¿Y eso, Omar, no te comprueba mucho más el peligro de tener a ese hombre tan a tu lado y con tanta confianza?

—Ya te he dicho más de una vez que no me confío para nada. De hacerlo, ¿estaría saliendo a escondidas para huir de algunos de los escoltas que me tiene, más para espiarme que protegerme?... —Me lo has dicho, Omar, pero no podré entender nunca las razones de confiarte tanto.

—Porque igual que Hugo, tú eres un idealista y también, como él, ingenuo. La política no es ideal, es contaminada. ¿No has leído sobre el propio gobierno del Vaticano con el papado de los Borgias, de sus escándalos políticos y hasta sexuales? Eso lo entiendo, y apenas he repasado algo de los Borgias. Pero tú, que has sido y eres tan desconfiado —no iluso como yo— ¿por qué mantener a ese hombre a tu lado? ¿No te das cuenta, Omar, que si Hugo se atrevió a desenmascararlo, él y también tú están sentenciados?

—¿Por qué yo, Roberto, sí soy el general y su jefe?

—Por lo mismo, Omar. Tú eres su corte suprema —aunque no le guste— y si lo conoces más o menos bien, sabes que aspira a tomar tu silla, lo más pronto que él pueda, con sus métodos aprendidos en esa escuela hermética de Langsley, Virginia, la de la compañía anónima. Y si tu alto tribunal escuchó de boca de Hugo sus acusaciones, él ya no tiene donde apelar. Apenas reporte a sus jefes foráneos que “tu fe en él se derrumbó por esos cargos graves”, ¡quién sabe lo que le aconsejen del Norte!

Esta síntesis abreviada que ampliaré en mi libro: —“El Canal… sangre, codicia y coraje”, por debutar en la próxima Feria de Atlapa que arranca el 19 de agosto, lleva la sustancia del misterioso atentado de hace 33 años que voló el FAP 205 donde Omar Torrijos y sus acompañantes tomaron desde el Cerro Marta posición en los niveles siderales.