Opinión - 10/8/14 - 12:22 AM

I saac Leonardo Benítez 1927 – 1968

Continuación del artículo: Isaac Benítez o Simplemente el Dolor. Por: Bonifacio Pereira Jiménez. Ha hecho bien, muy bien, A. Herrerabarría ya como director de la

José Morales Vásquez | Investigador de Arte


Isaac Benítez creció atormentado. Vivió atormentado. Su vida fue una fría dosis de dolor y un manantial insaciable de tristeza.

Continuación del artículo: Isaac Benítez o Simplemente el Dolor.

Por: Bonifacio Pereira Jiménez.

Ha hecho bien, muy bien, A. Herrerabarría ya como director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, ya como artista, organizando y bordando con sus compañeros de trabajo esta exposición.

Y nos deja él y sus compañeros a los que ahora vivimos y a los que han de sucedernos, un (sic) síntesis de la vida de Isaac Benítez en este artístico catálogo.

Conocí a Isaac Benítez en los albores de su adolescencia. Lo traté íntimamente. Guardo todo lo que se escribió sobre él y una breve carta que mandó un día siendo yo director de la Biblioteca Nacional y con motivos de una exposición retrospectiva que me di el gusto estético de organizar en septiembre de 1950.

Cuando veía a Isaac, cuando pensaba en él, cuando me lo llevaba a mi casa a cenar o a almorzar inventando siempre un pretexto para que me dijera que “NO”, veía con mis limitadas luces estéticas la Sala de los Impresionistas Franceses en el Museo de Louvre y muy especialmente a Gauguin el desesperado, el que vivió en Panamá en los años en que se construía el Canal Francés, y el que huyó a Tahití cansado de su propia rebeldía. Y pensaba, sí, pensaba hondamente en Vicente Van Gogh el loco que tocó horizontes inalcanzables entonces. Y se lanzó a la descomposición del color, esa en que se abre él compacto y sordo. Con su cabeza llena de girasoles y poco después de haber pintado su casa con su color delirante gritó estridentemente: ¡ “El Amarillo!” - ¡El Amarillo! Muchas veces, varias veces sorprendí a Isaac Benítez con la biografía del inmenso holandés.

Benítez creció atormentado. Vivió atormentado. Su vida fue una fría dosis de dolor y un manantial insaciable de tristeza. Buscaba la luz, buscaba la paz, y solo se asomaba en su camino de crepúsculo la miseria, las penalidades, las desilusiones… no odiaba a nadie. Es que no tenía tiempo ni fuerza ni alma arrugada para esas cosas feas y agrias y amargas. Adular, pedir limosna, arrodillarse para llegar a las cimas como lo hacen los izquierdos por ambos costados, jamás fueron armas de su predilección. Isaac Benítez es un caso sicológico digno de un estudio de un psiquiatra cultísimo.

Me avergüenza lo que voy a decir, pero debo decirlo: La profesora Doña Otilia Arosemena de Tejeira y el autor de estas líneas que brotan del fondo mismo de mi alma, casi que nos hicimos cargo de la vida física del pintor.

Doña Otilia lo engañaba pidiéndole que le pintara su casa veraniega en Las Cumbres y allá nos íbamos en la grata compañía de la profesora Rosalina Sáenz… Benítez pintaba las paredes y a la hora de almuerzo y de la cena hacía descansos y comía lo que noblemente se ganaba... yo hacía cosas parecidas en mi apartamento de calle 47 y en mi casa de la 92 de San Francisco de la Caleta. Y un día que lo invité a un almuerzo simplemente a charlar me hizo un pequeño retrato que guardo amorosamente porque sin decírmelo me dijo: “Este es el valor de las viandas. Mi plumilla en este caso es mi moneda.”

A Isaac Benítez lo explotaron muchos arrebatándole sus dibujos y sus lienzos hasta por simples monedas fraccionarias. Un día, en plena avenida Central le pegó a un joven que nada le había hecho y se lo llevaron a la Cárcel Modelo. Su hermano, a quien no tenía el gusto de conocer me llamó por teléfono para darme la noticia... me fui a la Modelo y conversé con el comandante Flores y le hablé del artista. El comprensivo comandante me lo entregó.

Pero allí no debía terminar mi gestión, Benítez estaba enfermo y era indicado que un psiquiatra lo viera en el Retiro. Y el Dr. Sergio González Ruiz, ministro de Previsión Social en esos días comprensivamente me dijo: “He ordenado por teléfono que le tengan un cuarto al pintor y puedes llevarlo inmediatamente”. Es que yo quería a Benítez y él me apreciaba. La carta que a continuación reproduzco define el estado psíquico de este artista verdadero.