Opinión - 31/5/17 - 12:00 AM

MAN

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La muerte de Manuel Antonio Noriega cierra un ciclo histórico en la vida política del país, el cual se inició en la década de los años 50 cuando la Policía Nacional, con el coronel José Antonio Remón Cantera, empezó a tomar posturas políticas sirviendo como fiel de la balanza para favorecer candidatos en las distintas contiendas electorales.

El 11 de octubre de 1968, los militares irrumpieron a la escena pública y empezaron a gobernar desplazando al poder civil, que había caído en el descrédito y la corrupción, precisamente por la inveterada práctica de años atrás, de someter sus decisiones al criterio de los uniformados del Cuartel Central de la Avenida A.

Como verdad histórica, podemos afirmar que Noriega no fue el más sangriento militar que ocupó el poder en el largo cesarismo cuartelario que se cernió sobre el país. Según la propia Comisión de la Verdad instaurada en 1990 para investigar los llamados “crímenes de la dictadura”, hubo más desaparecidos y exilio en la época de Omar Torrijos.

Empero MAN fue el más polémico, ya que su mandato coincidió con una compleja situación geopolítica en la región centroamericana que tuvo como eje el triunfo sandinista en Nicaragua y la preocupación norteamericana de que la triunfante insurgencia se diseminara por todo Centroamérica. Además en su gestión ocurrió la sangrienta invasión del 20 de diciembre de 1989, que los panameños jamás olvidaremos.

Amén de sus vínculos oportunistas con el narco y la comunidad de inteligencia, Noriega fue además un peón de circunstancias históricas, al convertirse en rehén de una claqué cívico-militar corrupta que lo mantuvo en el poder para asegurar su propio beneficio económico.

Hoy Noriega entra a la historia y cierra un ciclo en Panamá, se lleva muchos secretos y deja en pie otras interrogantes. Ojalá que la clase política criolla haya aprendido la lección: el juego de la democracia debe jugarse limpiamente, sin buscar aliados que a la postre nos someterán al señorío del despotismo.