No se detenga, siga subiendo
Hay que estar en camino permanentemente, en estado de conversión. Somos peregrinos en esta tierra; hay que estar siempre en camino hacia la Casa del
Hay que estar en camino permanentemente, en estado de conversión. Somos peregrinos en esta tierra; hay que estar siempre en camino hacia la Casa del Padre y no detenernos nunca. Hay que estar en estado de conversión, arrepentidos siempre de los pecados y conscientes de que no estamos bien.
Cuando una persona cree que está muy bien, que no necesita nada espiritualmente, es cuando está peor. Por eso un cierto descontento, un estar siempre vigilándose, un estar corrigiéndose, un decirse: “puedo crecer más, claro que sí, debo crecer más, no puedo permanecer como soy; debo seguir superándome, debo seguir elevándome, debo buscar ser más santo.
No estoy contento con mi generosidad, ni con mi paciencia, ni con mi ternura; no estoy contento con mi entrega, ni con la forma en que yo evangelizo; tengo que superarme en todos los aspectos, debo estar exigiéndome más, siendo más humilde, más sencillo, más austero, más dedicado a la oración personal y comunitaria.
Hay que exigirse; nunca se sienta muy contento con usted, porque entonces cae en mediocridad. Debe estar siempre diciéndose: “¡yo puedo ser mejor, debo ser más y más y más alabanza de la Gloria del Padre!”. No se contente con lo que es, tiene que crecer más, debe superarse más y más y estar siempre en camino.
Cuando el hijo pródigo se decidió, empezó a caminar y no se detuvo, hasta llegar a la casa del Padre. Y el muchacho arrepentido, cabizbajo fue caminando hacia el corazón de Dios: “me pondré en camino, regresaré a la casa de mi padre. Volveré a la casa de mi padre, porque yo sé que mi padre es misericordioso, que mi padre es bueno, que mi padre es santo, que mi padre me ama aún y a pesar de todo. Sé que mi padre nunca me va a abandonar, que él siempre está velando por mí, el siempre está pendiente de mí; volveré a la casa de mi padre y le diré: papá he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Y el muchacho volvió a la casa del padre.
“Cuando aún estaba lejos su padre lo vio y profundamente conmovido salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos”. El papá conmovido al ver a su hijo arrepentido corrió y lo abrazó y lo llenó de besos; ese es el Padre misericordioso, es el Padre Santo, es el Padre que siempre está esperándote. Ese es el camino, Cristo Jesús, con quien somos invencibles.
