Ricos y legalistas 2
Regresamos al muy conocido pasaje del joven rico y Jesús que podemos repasar en Mcos. 10:17-31; Mt. 19.16-30; Lc. 18.18-3.
El joven rico era legalista como todos los fariseos, lo mismo que los falsos apóstoles de la prosperidad de hoy y sus seguidores, se apegan a la letra de la palabra, confían en sus riquezas robadas, creen en sus obras, inteligencia, orgullo, academicismo y capacidades, y para nada confían en Dios. Pretenden ser maestros de la Ley, pero por sus frutos de codicia y avaricia conocemos que no son de Dios, son de su padre, el diablo. No tienen el Espíritu Santo.
En el Talmud, que es una interpretación libre de los rabinos sobre la ley mosaica, ellos deducen que al ser más ricos tienen más para dar ofrendas a los pobres y por lo tanto pueden asegurarse con más certeza su propia salvación, aunque la Biblia dice que nadie se salva por sus obras, que son inmundicias para Dios. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”, Efesios 2:8-9.
Esta es una noticia aplastante para muchos: los ricos no pueden comprar su salvación, nadie lo puede hacer. Mientras, los falsos predicadores del “plata, plata”, que es lo mismo que darles y darles más dinero, predican la abominación que “tenemos que pactar con Dios” para que Él, “nos dé más dinero, casa y trabajo”.
El joven rico amaba su dinero, lo idolatraba, por eso, cuando Jesús le dice: “vende todo y entrégaselo a los pobres”, el tipo casi se desnuca de lo triste que se puso porque amaba su dinero en vez de amar a Dios.
¿Cuántos de esos “plata, plata” de hoy, son iguales al joven rico porque aman sus sinagogas, sus megaiglesias que fueron levantadas por el esfuerzo de ellos, llena de gente engañada con una falsa salvación de prosperidad? (Continuará).
