Sucesos - 18/2/26 - 11:14 AM

¿Quién crea a un asesino: la casa, la calle o el miedo?

No todos los homicidas tienen trastornos, y la mayoría de personas con trastornos no mata.

 

Por: Redacción / Crítica -

El error es pensar que todo comienza cuando suena el balazo o cuando el cuchillo hace lo suyo. No. Cuando ocurre un homicidio, la historia ya venía caminando desde antes. A veces desde años atrás. Silencios que nadie quiso escuchar, en rabias guardadas, en situaciones que se fueron acumulando sin que nadie las frenara.

Crítica se sentó a preguntar a un psiquiatra, para tratar de entender qué se rompe por dentro cuando alguien decide matar y después seguir su vida como si nada. No es un análisis frío. Es una conversación incómoda, necesaria, de esas que duelen pero hay que hacer. 


¿Cómo alguien puede matar y después seguir comiendo, durmiendo, riéndose, como si no hubiera pasado nada?

R. La ira, el odio, la venganza, el miedo. Emociones desbordadas que no se saben controlar. Cuando eso se mezcla con entornos violentos, la vida del otro deja de valer. Se convierte en un estorbo, en un enemigo, en un número más.

¿Qué pasa en la mente de alguien que participa en un crimen y luego actúa con normalidad?

R.  Depende de la persona. Algunos creen que hicieron lo que “tocaba”. Otros simplemente no ven al otro como un ser humano. Si no hay empatía, no hay culpa. El remordimiento no aparece porque la conciencia está apagada o nunca se encendió.

¿Cómo se explica que en un grupo alguien dé la orden de matar y otros obedezcan?
R.  Ahí manda el miedo. Miedo al que da la orden, a quedar mal, a ser el próximo. También pesa la falta de criterio, la inmadurez y las mentes fáciles de manipular. En grupo, muchos dejan de pensar por sí solos.

¿Qué tipo de personalidad es capaz de planear o ejecutar un crimen sin remordimiento?

R. Se habla de una personalidad disocial. Personas que no respetan normas, que no conectan con el dolor ajeno. No sienten culpa porque el sufrimiento del otro no les significa nada.

¿Hay señales previas que alerten sobre alguien capaz de hacer algo así?

R. Sí. Frialdad, indiferencia ante el dolor ajeno, desprecio por las reglas, actitudes violentas normalizadas. No siempre gritan lo que son, pero dejan pistas en cómo hablan y actúan.

¿Por qué algunas personas sienten poder o control cuando hacen daño?

R. Porque es lo único que les genera gratificación. No saben ganar respeto de otra forma. El daño se convierte en su manera de sentirse alguien.

¿Qué papel juega la falta de empatía y la deshumanización de la víctima?

R. Un papel central. Cuando la víctima deja de ser persona y se vuelve “objetivo”, el crimen se hace más fácil. No se mata a alguien, se elimina algo.

¿La violencia en los barrios es enfermedad mental o una sociedad sin límites?

R. La mayoría de personas con enfermedades mentales no son violentas. Aquí pesa más la indiferencia, la falta de límites, la ausencia de padres o tutores, crianzas rotas, apegos inseguros y pobres redes de apoyo. Súmale carencias materiales en una sociedad que empuja a consumir sin tener.

¿Pueden ser personas comunes que cruzaron un límite?
R. Puede ser. No siempre son “monstruos”. A veces son personas comunes que dieron un paso del que ya no pudieron regresar. Para entenderlo, hay que conocer su historia antes de juzgar.

Entonces, ¿hay un perfil?

No hay uno solo. Ninguna característica, por sí misma, predice un homicidio. La violencia extrema suele aparecer cuando se cruzan varios factores: historia personal, entorno, emociones intensas, oportunidad… y una decisión final.

Entender cómo se construye ese punto no es justificar nada. Es aceptar que el asesinato no aparece de la nada. Se va formando, poco a poco, en zonas que casi siempre ignoramos hasta que es demasiado tarde.

La explosiones que no se controlan. 
Muchos homicidios no son fríos ni calculados. Son explosiones. Un segundo donde la rabia gana. Donde el cuerpo va más rápido que la cabeza. Después vienen las frases conocidas: “no pensé”, “se me nubló la mente”, “fue un impulso”. Y sí, muchas veces lo es. Hay fallas en el control emocional, en la capacidad de frenar bajo presión. Y ese segundo basta.

Las heridas que vienen de atrás

Si uno mira la historia personal, muchas veces encuentra golpes viejos. Abuso físico. Violencia doméstica. Abandono. Gritos diarios. Eso no convierte automáticamente a nadie en asesino, pero sí deja marcas. Y cuando esas marcas no se trabajan, pueden transformarse en rabia crónica, en reacciones desproporcionadas, en incapacidad para manejar conflictos sin violencia.

Las heridas mal cerradas no desaparecen. Se acumulan.

El entorno también enseña

Crecer donde la violencia es común cambia la forma de ver el mundo. Si alrededor los problemas se resuelven con golpes, con armas o con miedo, la agresión deja de parecer tan grave. Se normaliza. Y si además hay acceso fácil a armas, drogas o pandillas, el riesgo se multiplica.

La violencia también se aprende. No solo se hereda.

En algunos casos aparecen rasgos más marcados: manipulación constante, ausencia de culpa, necesidad extrema de controlar al otro, reacciones emocionales exageradas. No todos los homicidas tienen trastornos, y la mayoría de personas con trastornos no mata. Pero cuando esos rasgos se mezclan con conflictos intensos y falta de límites, el cóctel es delicado.

Emociones que se salen de control

Muchos homicidios no nacen del crimen organizado. Nacen del corazón mal manejado. Celos que se vuelven obsesión. Orgullo herido. Humillaciones que no se olvidan. Miedo al abandono. Son conflictos comunes, humanos incluso. El problema es cuando no hay herramientas para procesarlos.

Ahí es donde el riesgo crece.

El consumo de alcohol o drogas aparece en un porcentaje importante de homicidios. No crean asesinos, pero sí bajan el freno. Aumentan la agresividad, reducen la inhibición, alteran la percepción del riesgo. Lo que sobrio era una discusión, bajo efecto puede volverse tragedia.

Y los que sí planean

´Pero, también hay los homicidas que anticipan, calculan. No actúan por impulso. Piensan. Esperan. Ejecutan con frialdad. Son más difíciles de detectar porque no muestran descontrol evidente. No tiemblan. No gritan. Deciden y matan.