Cruzada
Nuevamente en las redes sociales y medios de comunicación se comentó el aniversario de la Cruzada Civilista, que puso en jaque a la dictadura militar panameña. Llamó la atención intervenciones de jóvenes que no conocieron el calvario de ese periodo. Varios criticaron que la Cruzada no ha seguido su lucha democrática. Otros afirmaron que ello se debió a que el grupo que movilizó a miles no estaba unido en su dirigencia. También cuestionaron el momento actual, en el que la politiquería y acciones de los gobiernos causan daño al país. Desde un enfoque sociológico, la Cruzada surgió al comprender sectores económicos y políticos que no podían desarrollarse con la continuación de los militares en el poder.
Por supuesto que hubo idealistas que añoraban la democracia, en la que, como decían comunistas en los años sesenta del siglo pasado, “hay la libertad para morirse de hambre”. La confirmación de corrupción durante años, fraudes electorales y asesinatos fue el detonante que impulsó a la formación de la Cruzada. En el aspecto social, la manejaban personas de niveles medio y alto, y muy pocos “de abajo”. El enemigo común fue Noriega, quien con sus acciones se convirtió en un “satán” fácil de atacar. Ni asesorías cubanas comunistas y de movimientos izquierdistas del mundo impidieron las protestas del pueblo. Esto provocó una crisis que impulsó a EE.UU. a poner fin por las armas a lo que ocurría a orillas del Canal.
Pude palpar esas diferencias entre gente que combatía la dictadura. En un periódico dirigido por varios sectores políticos y económicos, conocí las zancadillas que se daban unos a otros cuando resaltaban a alguien en la lucha contra la dictadura. Tuve que renunciar con la excusa de que “yo lucho contra la dictadura y no lo haré por intereses personales y políticos de otros”. Luego del comienzo de la nueva era conocí la decepción que surgía en algunos sectores. Hubo acomodo de cargos públicos por los antiguos partidos politiqueros y los intereses de clases dominantes en lo económico. Esto no gustó a quienes arriesgamos vida, familia y bienes por vivir democráticamente.
Por eso escribí en uno de estos artículos que pareciera que los panameños necesitaban “diez años más de dictadura”. Hasta recibí insultos de colegas profesores de la U que pensaron que defendía a Noriega. Cuando me buscaron para manifestaciones y piquetes, dije: “yo combatí una dictadura… no voy a combatir una democracia, por imperfecta que sea”. Dio dolor ver a encumbrados civiles dictatoriales llegar a la presidencia. Hasta exmilitares fueron ministros. Eso me recuerda a aquella frase de mi juventud: “¡los pueblos tienen los gobiernos que se merecen!” (¡Qué vaina!, dice el Cholito Mesero).