Opinión - 19/6/17 - 12:00 AM

Diablo

Por: Milcíades Ortiz Catedrático -

Cuando me enteré de que unos niños estaban descabezando camarones, mi mente se llenó de estudios de sociología hechos en Chile contra el trabajo infantil. Esa realidad era muestra de gobiernos que no atendían al pueblo. Como padre me impactó el dato. Como periodista decidí exponerlo a la opinión pública y por ser sociólogo confirmaría esos estudios. Trabajaba a principios de los años 70 del siglo pasado en la televisión. Con habilidad logré imágenes de niños con los dedos hinchados por ese trabajo. Luego de pasar el reportaje, el gerente de la empresa de buenas maneras pidió que conociera “la otra cara de la realidad”.

Ya con el apoyo de la empresa pude entrevistar a madres y niños, lo que no logré la primera vez porque temía que me impidieran la noticia. Allí aprendí dos cosas que me han servido toda la vida profesional. La primera, que la realidad supera la teoría en algunos casos. Segundo, que siempre hay que conocer varios aspectos de un hecho social. Las madres de los niños trabajadores me criticaron y acusaron de ¡hacerles daño económico y familiar! Esos chiquillos contribuían a aumentar el dinero que ganaba la madre. Lo más impactante fue escuchar que también ayudaba a tener control de la maldad que ya existía en Panamá.

“Prefiero tener a mi hijo aquí, a que ande suelto aprendiendo malas costumbres”, indicaron varias madres. Después de mi noticia no les permitieron seguir trayendo a sus hijos… Esta experiencia me hizo investigar aquí y en el exterior la realidad del trabajo infantil. Hablé con ricos y millonarios que trabajaron de niños. Uno limpiaba hasta servicios. Ninguno se quejó. Consideraron que les sirvió para conocer el valor del dinero conseguido de manera honesta. Aprendieron que el trabajo honrado no avergüenza, como decía mi padre. También investigué a humildes campesinos. “Así el pelao aprende cómo me gano la vida y pasa más tiempo conmigo”, me dijeron padres. Hasta ponían al chiquillo de 7 años a “tirar machete”.

Realmente no sé si “perdieron su niñez” o se traumatizaron. (Recuerden que los niños indígenas trabajan… y tienen menos problemas de conducta). En EE.UU. supe de casos de gente con dinero que ponía a los hijos a vender periódicos, despachar comida, cortar césped, etc. Era un aprendizaje para su vida futura. No quiero que piensen que soy un “abogado del diablo” (que defiende lo negativo). Estoy en contra de la “explotación infantil”. Varias veces como periodista he combatido a sinvergüenzas que se aprovechaban de menores. (Creo que he pagado el daño que hice a las madres camaroneras…).