Opinión - 25/6/17 - 12:00 AM

JUSTO AROSEMENA LACAYO 1929 - 2000

Por: José Morales Vásquez Investigador de arte -

Antes de continuar, quiero mencionar que este año (2017) falleció el curador Alberto Sierra Maya, así lo publica el Museo de Antioquia en su página.

Murió Alberto Sierra. Anuncian apesadumbrados los medios; repiten con tristeza muchas voces. Y repetimos con tristeza nosotros. Murió un pilar del arte de las recientes décadas de Medellín, de Colombia. Murió un amigo.

Alberto Sierra fue nuestro curador. Una de las personas que ayudó a Botero en el montaje de su sala, participó en la construcción de nuestras exposiciones permanentes, y fue uno de los curadores del MDE07, el primer Encuentro Internacional de Arte de Medellín, hace diez años. (Quiero recordar que Alberto Sierra fue el curador de la exposición del maestro Justo Arosemena Lacayo aquí en Panamá).

Tenía muchas profesiones: arquitecto, curador, museógrafo, museólogo, coleccionista, galerista, investigador, diseñador gráfico y hasta artista.

En la Guía coleccionable # 20 del Ministerio de Cultura de Colombia, dedicada a Justo Arosemena – una visión retrospectiva – marzo 18 a mayo 31 de 2005.

“El 27 de mayo de 1955, el Club de Profesionales de Medellín inauguraba una exposición de acuarelas y yesos tallados de un joven artista recién llegado de Panamá, su tierra natal. Su nombre, Justo Arosemena. Durante ese mismo año, David Manzur exhibía óleo y pasteles en el Museo de Zea; en la Alianza Colombo Francesa, óleos, acuarelas y bocetos para mural, de Pedro Nel Gómez. Y otro joven pintor, Fernando Botero, exponía también en el Club de Profesionales óleos y acuarelas que se anunciaban como “su nueva manera de pintar”, fruto de sus estudios en París y Florencia.

Medellín tenía entonces alrededor de quinientos mil habitantes y el Parque de Berrío conserva todavía algunas construcciones de dos piso con balcones de baranda y techos de tejas; el comercio florecía y se hablaba con orgullo de “la ciudad industrial de Colombia”. Durante el mismo año hubo exposiciones de arte en diversos sitios de la ciudad, entre ellos el Museo de Zea, la Alianza Colombo Francesa, la Biblioteca Pública Piloto, la Galería de Arte Nacional y el Centro Colombo Americano.

Cuenta el crítico de arte Leonel Estrada, quien fue anfitrión en Medellín, que Arosemena trajo consigo su guitarra española y una actitud de cordialidad y sencillez que cautivó a quienes lo conocieron. También él se prendó de Medellín, y lo que pretendía ser una breve estadía, se convirtió en toda una vida de ejercicio artístico y de afectos entrañables.

Arosemena llegó con ideas nuevas en un momento en que empezaban a darse intentos de modernidad y en la que solo el hecho de pensar en el arte abstracto era ya un acto revolucionario que ponía en entredicho la obra de “mensaje” y exaltaba la figura del artista como creador, liberado de las ataduras de lo “natural”. Ser contemporáneo era construir una nueva realidad.

La obra de Arosemena se caracteriza por una mirada a la realidad, pero desde una concepción moderna, ya que elude la presentación literal y adopta más bien una forma de expresionismo personal común a los artistas de la época. Se advierte en el conjunto de la exposición, una obra elaborada y una concepción rigurosa, casi matemática, del espacio, que a veces parece desembocar en cierta rigidez, pero que preserva, sin embargo, su aliento poético, el soplo de la inspiración. “Guitarra con estuche” y “Banjo con estuche” deben ser reconocidos como tales, como objetos específicos, pero que preservan al mismo tiempo su carga de ambigüedad, surgida no solo de las formas, sino de materiales poco usuales. Se daba en aquel entonces un empeño en zafarse de lo convencional, en ensayar un camino y buscar una expresión que trascendiendo lo real, lograra su condición de “pintura”.

Arosemena se crea en sus bodegones y se abre a una exuberante riqueza de color, que denota el gusto, la destreza y la habilidad del artista, siempre remitiéndose a la esencia de las formas, pero desde lo moderno y lo personal. Hay en esas obras una dignidad de los objetos familiares y simples, construidos desde su realidad primera: jarras, botellas, copas, vasos. En “Cafetera azul” hay una presencia mayor, como si algo en el objeto mismo, en sus formas inusitadas, dijera de un mundo más allá, algo inasible, amoroso.