Opinión - 09/7/17 - 12:00 AM

Los malos recuerdos hay que enterrarlos

Por: Por: Rómulo Emiliani Monseñor -

¿Has visto a alguien arrastrar por las calles un cadáver? ¿Qué harías? Por supuesto que llamar a la policía para que lo detengan. Imagínate, pues, a una persona arrastrando con una cuerda atada al cuello al muerto y hablando mal del difunto, gritando, insultándolo, maldiciéndolo. Y enseñándoselo al pueblo y recordando lo malo que fue el fallecido y sin soltarlo, un día y otro día. Poco a poco se iría corrompiendo el cuerpo y podría causar una epidemia. Pues eso pasa con aquellos que se aferran al pasado, se estancan en sus recuerdos negativos, como quien continuamente bebe charcos de agua podrida, y está recordando sucesos negativos, siempre en el plan de víctima de otros, y detallando cada cosa mala sufrida. Están estacionados en el ayer y en momentos trágicos, dolorosos, bochornosos. Y generalmente acusando a otros de lo que pasó. Se van intoxicando, envenenándose de esos malos recuerdos que, al repetirlos, hacen más honda la herida, y sufren casi igual que cuando ocurrieron.

Suelte el pasado, échelo de usted, entiérrelo. ¡Sí, entierre ese cadáver! Ya huele mal, se está descomponiendo. Vamos, por su propia salud mental, por la paz de su alma, por el dominio de su ser, por amor a usted mismo. Para eso, haga un acto de misericordia y perdone, sí, setenta veces siete. Y Jesús pide eso, no solo para decir que hay perdonar siempre, sino que hay que intentarlo siempre. No quedarse con el rencor, con el resentimiento. Perdonar es un acto noble, precioso, que lo acerca más a Dios. Se parecerá usted más a nuestro Señor si hace eso.

Ciertamente, eso va a implicar un auxilio divino, un don del Señor, una presencia del Espíritu que le dará fuerza, paz y amor para perdonar. Por eso tiene que pedirle al Señor le conceda purificar su alma, limpiar las heridas, sanarlas y pueda usted así perdonar, que en el fondo es olvidar. Y para olvidar, uno tiene que hacer el esfuerzo de comprender el comportamiento errático, maligno, del agresor. Que son sus traumas, sus conflictos internos, lo que lo ha llevado a realizar esas agresiones. Y saber que existe la maldad, y hay corazones que se dejan envenenar por el maligno y se gozan con hacer daño. Hay gente enferma, dañada, que debe dar lástima porque se está destruyendo. Orar por ellos. Alejarse prudentemente, mientras están en esa situación caótica. Saber defenderse legalmente si hay peligro o daño inminente o repetitivo. Pero no guardar rencor, no odiar.

Para enterrar el pasado, hay que limpiar las heridas y sanarlas, y para eso invocar la presencia de Jesús, médico del alma, y saber que él envía al Espíritu Santo, el gran Consolador. Pero también usted tiene que cooperar, usted tiene que exhortarse, y de manera firme: "debo amarme, debo cuidar mi salud mental, no puedo caer en obsesiones y fijaciones continuas, que al final de cuentas a quien hacen sufrir es a mí mismo. Debo desprenderme de ese recuerdo malsano. No puedo cultivar resentimientos y rencores". Debe tener pensamientos positivos que ayudarán a tener emociones positivas. Porque si siempre hay en su cabeza ideas negativas, sus sentimientos se llenarán de odio, tristeza, angustias y temores.

Imagínese la persona que recuerda todos los días que fue agredido físicamente o verbalmente hace 20 años y que desea la muerte del agresor. Cada vez que lo ve o que lo recuerda se le revuelven las entrañas, y esa emoción negativa afecta el cuerpo, va intoxicando el hígado, dañando el estómago y, al final, por estar la persona reprimida, con grandes deseos de agredir al otro, puede sufrir hasta un ataque al corazón. Uno mismo se va enfermando. El primer beneficiado de esa purificación y del acto de perdonar es usted mismo. La paz que sentirá será tan grande que no querrá nunca más cultivar recuerdos negativos. Se recupera hasta la salud física cuando uno perdona y olvida.

Trasladémonos ahora al calvario y contemplemos a Cristo en sus últimos momentos. Ha sido agredido, ultrajado y lo están matando con crueldad endemoniada. ¿Qué hace? Pues levanta la mirada al cielo e implora con insistencia e intensamente: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Ya él mismo los ha perdonado y está intercediendo por la salvación de ellos. Primero, no deja que ningún sentimiento negativo se apodere de su alma y los ama aún, a pesar de todo, suplicando por el perdón divino hacia ellos. Y en segundo lugar, nos deja una lección, un ejemplo hermosísimo para imitarlo siempre. Y usted sabe que es difícil perdonar, pues para Dios nada es imposible, porque con Él somos invencibles.