Sexo sin compromiso y dejemos los besos para los enamorados

 Sexo sin compromiso y dejemos los besos para los enamorados

Sexo sin compromiso y dejemos los besos para los enamorados

Por: El Caballero Sin Memoria / Digital Panamá -

Y dejemos los besos para los enamorados.

Y pensemos en lo nuestro que por eso te he pagado.

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Aunque esta noche.

Seas solo mercancía para mí.

(Con Nombre de Guerra- Héroes del Silencio)

Cada cierto tiempo reviso los correos no deseados uno nunca sabe qué se puede encontrar, en esta ocasión les contaré uno.

No sé ustedes, pero tengo más de cuatro correos electrónicos, unos más usados que otros, en fin. Bueno resulta que la otra noche buscando no sé qué, revisé el buzón de los no deseados y me encontré uno muy particular.

Lo curioso es que era de una persona con la que había cortado toda comunicación desde hacía más de una década, una ex.  “Hola tesoro, ¿cómo estás? Espero que bien, tengo algo muy importante que contarte”. Al final del mensaje está su número de teléfono al cual se suponía que tenía que llamar. Pasaron los días y me tomé la delicadeza de escribir al WhatsApp -en realidad no tenía muchas ganas-.

Después del incómodo “hola cómo te va” pregunté tajante ¿Para qué me escribes?, mira tesoro, apodo con él que me llamaba antes y significa tesoro en francés’.

¿Te acuerdas de Mario, nuestro amigo de la Facultad? (Mario era el clásico estudiante que estaba en todo, me hacía reír como nadie…)
Sí, claro que me acuerdo de Mario. Estaba tratando de localizarte para informarte que él estaba muy enfermo.

¿Estaba? Sí, lamentablemente falleció por el maldito virus.  Enseguida me recorrió un sentimiento de culpa de no poder despedirme de  mi amigo de la U. 

Cuadramos entonces ir a dejarle flores a su tumba.  Apenas coloqué la corona rompí en carcajadas… Ella me da una bofetada. “Es que acaso no respetas, eres un insensible…” 

En voz alta digo: “Quién como tú Mario, te fuiste de este mundo y me haces la vida de cuadritos”.

Sigo ya con los ojos llorosos. Sabes que no soporto ni ver a esta mujer y me la mandas, si estuvieras aquí te doy un buen puñetazo hermano del alma. De pronto siento un brazo sobre mi hombro, era ella tratando de consolarme.

Nos miramos sin decir palabra alguna y nos retiramos del lugar no sin antes prometer volver a visitar la tumba. ¿Se te antoja un chocolate caliente?  Con una sonrisa complaciente acepta la invitación.

¿Oye en serio recuerdas eso del chocolate caliente? Sí, claro que sí, como olvidar esas cosas.

En la mesa me pongo a mirarla sin querer. Ya no tiene el cuerpecillo de gitana como a los veintitantos y se le notan varios hilos de plata en el cabello.

¿Qué me ves? Sé que algo estás pensando…. Yo guardé silencio… De pronto se lanza sobre mí y me da un beso… Confieso que sentí algo de temor. Sin corresponder me despedí y me marché del lugar algo confundido. De pronto me da por escribirle, te espero en la habitación número 15 del motel de siempre -uno que frecuentábamos cuando salíamos-.

Para los curiosos, el motel está ubicado cerca de la estación del metro del Santo Tomas, al frente de un conocido hospital privado. Llegué, pagué tres horas de la habitación…

Al ver el celular, veo tres llamadas y varios mensajes diciendo: voy llegando. En unos minutos ella aparece, toca y le contesté, entra que está abierto. En esa habitación pasamos buenos momentos. 

Le quité la ropa enseguida, entre besos y caricias vamos entrando en calor,  era como si el tiempo no hubiera pasado… Luego nos dormimos un rato, me despierta el sonido de una llamada, el número estaba registrado como “Amor mío”.

Me vestí y le dejé escrito en el vidrio empañado por el aire acondicionado “hasta siempre, en casa te esperan”.

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