Carlos Arboleda- Escultor y Pintor

Por: Por: José Morales Vásquez Investigador de Arte -

Parte final de las opiniones de la crítica internacional. Tomadas del catálogo Carlos Arboleda, Pintor y Escultor.

MIGUEL FERRE ALBAGES: En cuanto a la concepción de sus motivos, es indudable que una fuerza atávica los informa. Arboleda aspira, por necesidad insondable, a entroncar su arte con las esencias seculares de la cultura precolombina —demuestra estar en posesión de un empuje y de un oficio muy sólido.

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J. BENET AURELL: Carlos Arboleda ahonda en la vida y a la par la estiliza. Su obra es maciza, y a la vez sutil.

Es pensada y sentida, amasada con la propia arcilla nativa. La digitación no le queda en la superficie y aún menos en el superficial halago costumbrista, sino que consigue dar particular palpitación a sus figuras, infundiéndoles una expresión universalizada. Se incorpora Carlos Arboleda a la selectiva promoción de los mejores escultores de nuestro tiempo.

JOSÉ MARÍA JUNOY: Sabe modelar y esculpir a la perfección. Su sensibilidad de escultor se manifiesta, principalmente, en la apreciación de los volúmenes con una ambición de grandeza. Por ello su escultura exige un concepto dramático y hasta patético, que encuentra en sus modelos americanos la mejor expresión.

NÉSTOR LUJÁN: En su arte hay resonancias seculares, atávicas, que dan mucho que meditar. Yo, que en las piedras venerables y esculturas antiguas, por insignificantes que sean, siempre he tenido la sensación de oír más voces misteriosas registradas en su interior, es decir, el espíritu vivificando la materia (por eso mi entusiasmo y pasión por las excavaciones), en el caso del escultor Arboleda descubro, pasmado, que esto se realiza de manera viva y palpitante en un ser viviente.

Sobre su manera de hacer y saber, contra su propia voluntad, en su obra actúan, influyen y se oyen estas voces misteriosas, lejanas, no como resabio arqueológico, que sería plagio o cosa muerta, sino con un temblor de cosa viviente, de una conexión inexplicablemente directa con las fuerzas vitales que Dios concedió a ciertas razas, haciéndolas imperecederas. Algo así como la idea de desaparición del pasado y del futuro. Con la sola efectividad de un presente sempiterno.

Por eso uno se explica que el artista pasa de su Panamá natal a Italia, vive unos años en Florencia al lado del gran escultor clasisante Antonio Berti, se entusiasma y admira esta ponderación mediterránea, llena de calma y serenidad, aprende con vehemencia el oficio, humildemente estudia el natural, con el solo afán de penetrar y admirar la naturaleza que Dios creó, pero... así que vuelve a estar a solas, profundamente solo, vuelven a asomar estas voces que durante algún tiempo parecían dormidas.

Magnífica etapa la de Italia; no obstante, que le ha dado una seguridad de oficio, y unos conocimientos de nuestra civilización occidental y le pone todas estas experiencias seculares al servicio de su temperamento y de su personalidad.

Por estas razones, su arte podrá afrontar, como ya lo hace, decididas incursiones hacia un valiente expresionismo, hacia una simplificación extraordinaria como si quisiera desprenderse del lastre de la materia para conseguir hacer visible lo invisible. Y no obstante, no cae en la vaciedad y gratuitismo simplemente decorativos de tantas obras abstractas, que cuanto más alto apuntan, llegan máxime al punto tristemente intelectual del "buen gusto", sin ningún contenido vital auténtico. En ninguna cosa de Arboleda, su escultura, sus grabados, aun en los a veces más informes, dejamos de percibir este hálito, esta palpitación humana. Nunca sus soluciones derivan a lo decorativo. Y es que, en resumen, el artista se salva en todas sus manifestaciones cuando realmente tiene algo que decir, que exteriorizar. Y Arboleda está en este caso. Consciente o inconsciente, aquellas voces misteriosas, que son su herencia, pugnan con fuerza telúrica en su espíritu e impregnan de una rara fuerza de expresión todo cuanto toca, pero realizándose siempre el milagro, que esta expresión no malogre ni anule el sentido y valor plástico que inexorablemente ha de poseer toda obra de arte. Y aquí quizás encontramos el efecto saludable de su contacto con Italia, que le ha ejercido una lección de equilibrio, de calma, que le ha proporcionado en oportuno momento de su vida, una paz interior que le ha permitido ahondar en el estudio de la verdad por la verdad, de explorar y estudiar las técnicas de los grandes artistas del Renacimiento, formando lentamente este fondo magnífico de oficio que hoy posee y que vemos cómo, inteligentemente, no hace vanidosos alardes de virtuosismo, sino que, con un real sentido de las jerarquías, pone todos estos conocimientos humildemente al servicio de la expresión, como victoria siempre del espíritu sobre la materia.