Adolescente asesinó a su pequeña vecina para saber qué se sentía

Alyssa Bustamante tenía 15 cuando estranguló y apuñalo a una niña de 9 años de su vecindario. Los días en que comenzó a convertirse en una chica sombría y callada, sus ataques de ira y sus graves problemas psicológicos que nadie vio. Las tumbas que cavó en el bosque y el horror que salió a la luz cuando se encontró su diario personal
Su falta de tolerancia a cualquier frustración hacía que Alyssa peleara con todos: familiares, compañeros de clase y profesores. Sus ira la llevó a lastimarse con frecuencia y a quemarse con cigarrillos. Foto. Infobae

Su falta de tolerancia a cualquier frustración hacía que Alyssa peleara con todos: familiares, compañeros de clase y profesores. Sus ira la llevó a lastimarse con frecuencia y a quemarse con cigarrillos. Foto. Infobae

Por: Infoba / Historias -

Aunque está encerrada para siempre desde el año 2012, Alyssa Bustamante (27), recibe todos los días cartas. Están escritas por jóvenes perturbados que le declaran su admiración y su amor. Desde su crimen se ha convertido en una especie de mala estrella de la web donde, al estilo del múltiple asesino Charles Manson, despierta el interés morboso de mentes inestables. Y peligrosas. Porque ese “demonio interior” que le susurraba al oído y la empujó a matar a la pequeña Elizabeth Olten de 9 años en el 2009, pareciera habitar en muchos seres más.

Autolesiones y un odio extremo

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Alyssa Dailene Bustamante nació el 28 de enero de 1994. Fue el fruto de una relación entre dos adolescentes que abusaban de las drogas y el alcohol. Su madre Michelle no demoró en marcharse. Su padre, Caesar Bustamante, cayó preso por un asalto y pasó más de diez años en la cárcel. En 2002, cuando Alyssa tenía 7 años, fueron sus abuelos, Gary y Karen Brooke, quienes asumieron la custodia legal de ella y de sus tres hermanos menores.

Alyssa creció en una tranquila comunidad del estado de Missouri, Estados Unidos, junto a su abuela mormona y estricta, a quien le resultó demasiado difícil educarla. Karen la llevaba a misa todos los domingos e intentaba infundirle sus creencias en Jesús, creía que eso sería suficiente para contrarrestar el abandono. Pero Alyssa venía seteada de una manera que ella no podía comprender.

Durante la preadolescencia las b de Alyssa en las redes comenzaron a mutar de alegres e inocentes a terroríficas y preocupantes. Su conducta también había cambiado en forma radical. Se volvió una chica sombría y callada. Comenzó a experimentar momentos de tanta implosión interna que terminaba autolesionándose.

A los 13 años empezó a cortar sus antebrazos con una hojita de afeitar. El fin de semana del Día del Trabajo de 2007, que en Estados Unidos se festeja el primer lunes de septiembre, Alyssa tuvo que ser trasladada con urgencia al hospital. Se había grabado la palabra “odio” en su abdomen y había tomado una sobredosis de Tylenol.

No era la primera vez que hacía algo así, pero en esta ocasión todos en la familia asumieron que el asunto parecía grave. Terminaron consultando a un psiquiatra que le recetó un antidepresivo. Sin embargo, nada cambió.

Le diagnosticaron depresión y bipolaridad. Pasaba de la extrema alegría y euforia, a la apatía absoluta. Además, estaban sus horribles ataques de violencia.

En las redes, algo que sus abuelos no monitoreaban, su psiquis estaba expuesta. Usaba Facebook, Twitter, Myspace y tenía una cuenta en YouTube con el nombre OkamiKage (que en japonés significa Sombra de lobo). Ahí, en su perfil, escribió: “Me gusta cortarme y matar gente”. En sus posteos subía cosas del estilo: “No estoy loca, sólo enfadada”.

Por esos tiempos subió a YouTube un video al que tituló “Idiotas electrocutados por cerca eléctrica”. En la grabación se veía como ella convencía a dos de sus hermanos más chicos, mellizos de 9 años, para que sostuvieran con sus manos una valla electrificada que se usaba para contener al ganado. Los chicos lo hicieron y cayeron al piso retorciéndose de dolor. Detrás de esas imágenes se escuchaba la siniestra risa de Alyssa. Antes de ese espantoso clip, ella había anticipado los hechos con otro texto que subió a Internet: “...acá es donde todo se pone bueno… esto es cuando mis hermanos terminan heridos”.

Las fotos posteadas revelaban su alterado estado mental: pintarrajeada con labial como si fuera sangre, con ojos delineados de una forma siniestra, poniendo caras que pretendían infundir miedo o mostrando los dientes como un animal furioso.

El monstruo interno crecía a la vista de quien quisiera verlo, pero los adultos no sospechaban la gravedad de lo que ocurría en la cabeza de la adolescente.

Su falta de tolerancia a cualquier frustración hacía que Alyssa peleara con todos: familiares, compañeros de clase y profesores. Sus ira la llevó a lastimarse con frecuencia y a quemarse con cigarrillos. Acumuló en su cuerpo más de 300 cicatrices de cortes y las exhibía con orgullo.

Alyssa ya era abiertamente una persona que no encajaba en la sociedad y una homicida en potencia.

Cuando cumplió los 15 años su odio era absoluto. Carecía de empatía y no poseía ninguna habilidad para dominar sus violentos deseos. A algunos amigos les confesó que deseaba saber qué se sentía al matar. No le prestaron atención. Pensaron que estaba fanfarroneando. Su amiga, Jennifer Meyer, declaró: “Estábamos en una fiesta y ella me llevó a un lugar apartado y me dijo: ‘¿Sabes? Me gustaría saber cómo se siente matar a alguien’. Yo creí que estaba enojada con algunos de sus amigos, pero era extraño. Lógicamente yo no podía pensar que una de mis amigas podía asesinar a alguien”.

Unos días antes de concretar su crimen, a Alyssa le habían duplicado la dosis de psicofármacos. Los remedios no remediaron nada.

La trama de un asesinato

El 21 de octubre de 2009, a las cinco en punto de la tarde, tocaron la puerta de la casa de los Olten en St Martins, Missouri. Patricia “Patty” Preiss, estaba cocinando mientras sus tres hijos (Elizabeth de 9 años y los menores Anthony y Stephanie Olten) jugaban y practicaban canciones para un acto del colegio.

Patty abrió y vio a la pequeña Ema, de 6 años, que vivía a unas pocas cuadras, en esa misma zona tranquila de casas, jardines y muchos árboles. Ema le dijo que quería invitar a Elizabeth a jugar. Patty dudó porque ya era tarde y se acercaba la hora de la cena, pero al final cedió. Le dio permiso a su hija con la condición de que volviese en una hora, antes de que oscureciera. Le pidió que llevara el celular para que cualquier cosa pudiera llamarla. Elizabeth era muy temerosa, dormía con la luz prendida y tenía terror al bosque y a la noche. Además, era una hija obediente.

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Las chicas salieron y se fueron felices a jugar por ahí.

A las 18:30, al ver que Elizabeth no regresaba, Patty empezó a preocuparse. Era muy poco habitual que su hija no cumpliera con lo prometido. La llamó, pero Elizabeth no respondió el celular. Salió a buscarla. Fue hasta la casa de Ema, quien vivía con su abuela. La mujer le dijo a Patty que no había visto a Elizabeth en ningún momento durante esa tarde.

Siguió marcando el celular, pero saltaba el contestador. A las 19, angustiada, llamó a la policía. En solo quince minutos llegaron al lugar. Buscaron en las casas vecinas, pero Elizabeth no estaba por ningún lado. Alarmados los agentes pidieron ayuda a los bomberos. A las 23 horas el barrio era un loquero de sirenas, investigadores y voluntarios. Rápidamente rastrearon el celular… la señal provenía del frondoso bosque que separaba ambas casas. Pero no pudieron determinar con exactitud dónde estaba. Buscaron toda la noche sin éxito. Al día siguiente se sumaron el FBI, perros adiestrados y buzos para sondear el lecho de los lagos del lugar. Temían que hubiera sido capturada por un pedófilo. A esta altura la batería del móvil, como la vida de Elizabeth, ya se había agotado.

Los voluntarios que participaban de la búsqueda reportaron haber encontrado un extraño pozo, entre los árboles, que parecía una tumba. En ese agujero cavado en la tierra podía caber un niño, pero el pozo estaba vacío.

Ema tenía poco para aportar. Con sus 6 años solo repetía que Elizabeth se había ido para su casa a eso de las 18.15. Ante tantas preguntas, en un momento, deslizó un detalle… Explicó que luego de la partida de Elizabeth, ella quedó atrapada en un arbusto con muchas espinas y empezó a llorar. Desesperada llamó a los gritos a su media hermana mayor para que la fuera a rescatar. Esa media hermana tenía 15 años y se llamaba Alyssa Bustamante.

La policía paró todas sus antenas. Averiguó enseguida que ese día posterior a la desaparición, jueves 22 de octubre, Alyssa había faltado al colegio. Olieron algo raro.

La fueron a entrevistar. Les pareció una chica tranquila, segura de sí misma y colaboradora. Pero aprovecharon y le preguntaron acerca del pozo hallado en el bosque. Alyssa reconoció sin titubeos que a ella le gustaba cavar tumbas... para enterrar animales muertos.

En el cuarto del horror

A los investigadores esa respuesta les resultó demasiado extraña. Decidieron conseguir una orden judicial para entrar a la casa donde vivía Alyssa con sus hermanos y abuelos.

Cuando al día siguiente ingresaron al dormitorio de la adolescente, se les heló la sangre. Había dibujos y frases en las paredes que parecían hechos con sangre. Un texto decía: “Me corto para hacer físico lo que tengo dentro; me corto para ver sangre porque me gusta”.

También había una figura esbozada en rojo oscuro que tenía escrito “Ema”, el nombre de su hermana. En esos muros tétricos Alyssa había pegado algunas cartas que su padre le había enviado desde la cárcel. Pero lo más incriminante resultó ser su diario personal donde manifestaba deseos perversos como incendiar “una casa con todos los ocupantes dentro”. Al final de ese diario, bajo la borroneada fecha 21 de octubre de 2009, había un párrafo enteramente tachado. Con esfuerzo los detectives pudieron descifrar dos palabras: “garganta” y “cortar”. Enviaron el diario a los peritos calígrafos para que intentaran recuperar el texto completo. Mientras, volvieron a interrogar a Alyssa.

Esta vez se mostró mucho más nerviosa e insegura. Cuando le contaron las dos palabras que habían leído en su cuaderno, comenzó a hablar.

Su primera versión fue que Elizabeth había muerto accidentalmente, por una caída. El policía que la indagaba insistió y le preguntó mirándola a los ojos: “Si hallamos el cuerpo de la pequeña, ella ¿tendría el cuello cortado?”. Alyssa respondió con convicción: “Sí”.

Cuando los forenses devolvieron el texto recuperado del diario de Alyssa, lo que había escrito resultó escalofriante: “Acabo de matar a alguien. Los he estrangulado y cortado la garganta y apuñalado, ahora están muertos. No sé qué se siente en este momento. Es increíble. Tan pronto como lo hice tuve un sentimiento de ‘no puedo hacer esto’ que era bastante agradable. Ahora estoy un poco nerviosa y temblorosa. Me tengo que ir a la iglesia ahora... Jajaja”. Apenas terminó de escribir, Alyssa partió a su clase de danza en la iglesia local de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Estaba todo dicho. Cuarenta y cinco horas después del homicidio, Alyssa condujo a la policía hasta la tumba de Elizabeth en medio del bosque. Un investigador que participó de la búsqueda declaró que “el cuerpo estaba muy bien escondido”.

Un crimen... experimental

Con su confesión se pudo completar el rompecabezas de lo sucedido. El viernes anterior al crimen, cuatro días antes, en el colegio les habían dado el día libre. Alyssa aprovechó la jornada para cavar dos tumbas en el bosque.

Ya estaba pensando quien podría ser su víctima: su vecina Elizabeth Olten, de 9 años. La conocía muy bien, era más chica que ella y dominable. También sabía que era miedosa y vulnerable.

Le pidió entonces a Ema, su hermana más chica, que fuera a la casa de los Olten para invitarla a jugar y así la atrajera hacia la casa de los Bustamante.

Una vez que Ema y Elizabeth estuvieron juntas, Alyssa llamó a Elizabeth al celular. Le dijo de encontrarse en el bosque detrás de su casa. Ema y Elizabeth fueron hasta allí acortando camino entre los árboles. Alyssa había convencido a Elizabeth de que le daría algo. Alyssa hizo que Ema se fuera y se quedó a solas con Elizabeth. Caminaron juntas un trayecto más adentrándose entre la vegetación. Estaban muy cerca de los dos pozos que Alyssa había cavado. Mientras su víctima iba desprevenida delante de ella, la golpeó en la cabeza de forma brutal. Elizabeth cayó al suelo aturdida, pero sin perder la consciencia. Alyssa se sentó a horcajadas sobre ella y la inmovilizó. Colocó sus manos alrededor de su cuello y apretó con fuerza hasta que Elizabeth dejó de luchar y se desmayó. Siguió adelante con su macabro plan y sacó, del bolsillo trasero de su pantalón, una navaja. La apuñaló ocho veces en el pecho. Para asegurarse de que estuviera muerta le cortó las muñecas y le rebanó el cuello de lado a lado.

Con el piso teñido de rojo se quedó mirando extasiada los estertores de Elizabeth Olten.

Más tarde arrastró y tiró el cuerpo de Elizabeth en uno de los pozos que había hecho y lo cubrió con piedras y ramas.

Alyssa ya sabía lo que se sentía al matar. Y le había gustado. Así lo expresó en su diario del horror.

Fue detenida ese mismo día en que encontraron el cadáver. 

Nadie pudo explicar nunca por qué ella escribió en plural en su diario, ni tampoco por qué había dos tumbas en el bosque. Alyssa tampoco lo aclaró. Los investigadores de homicidios barajaron dos hipótesis:

1- La primera sostenía que Alyssa había planeado matar a sus dos hermanos pequeños (el video de la cerca eléctrica demostraba cómo le gustaba infligirles daño) y, a último momento, optó por otra víctima.

2- La segunda que Alyssa podría haber especulado que, si el crimen de Elizabeth salía bien y no la descubrían, volvería a matar. Para eso, ya tenía el pozo hecho.

Elizabeth Olten fue enterrada, el 28 de octubre del 2009, como una princesa de cuentos. Su ataúd llegó al cementerio en un carruaje tirado por caballos y fue recibido por amigos y familiares vestidos enteramente de rosa, su color favorito.

Juzgada como adulta

Pese a que las pruebas en su contra eran contundentes, Alyssa, primero, se declaró inocente. El 18 de noviembre de 2009, por la brutalidad de su crimen, el juez decidió que sería juzgada como adulta.

Mientras estuvo en custodia Alyssa intentó lastimarse usando sus propias uñas. La pusieron bajo vigilancia por temor a que se suicidara.

Al saber que sería juzgada como cualquier mayor de edad, cambió su declaración para evitar la pena de muerte. Eso fue en enero de 2012.

Cuando en el juicio le preguntaron sobre su crimen dijo sin demostrar emoción alguna: “La estrangulé y la apuñalé en el pecho”. Y cuando le pidieron que se explayara y dijera si también le había cortado el cuello, respondió a secas: “Sí”.

Su defensa intentó conseguir una reducción de la pena con el argumento de su inestabilidad mental y de sus intentos suicidas. Los psicólogos la describieron como una joven severamente perturbada: hablaron de depresión, desorden de personalidad, mal manejo de los impulsos y de la rabia.

Por su lado, el fiscal Mark Richardson pidió perpetua para ella, a lo que le sumó un plus de 71 años, por el tiempo de vida que Elizabeth había perdido.

Alyssa solo quebró su silencio cuando se dirigió a los padres y hermanos de su víctima y les pidió disculpas. Seguramente, fue una indicación de sus abogados para conmover al juez y al jurado. La pétrea acusada les dijo: “Se que las palabras nunca serán suficientes, nunca van a poder describir lo horrible que me siento por todo esto. Si pudiera dar mi vida para traer de vuelta la de ella, lo haría. Lo siento”.

La madre de Elizabeth, Patty Preiss, sostuvo que la acusada era un “monstruo diabólico” y la abuela de la víctima gritó desde su silla de ruedas con ironía: “Creo que Alyssa debería salir de la cárcel el mismo día en que Elizabeth salga de su tumba”.

En resumen, Alyssa no conmovió a nadie.

El 8 de febrero de 2012 fue condenada a prisión perpetua por homicidio en segundo grado, con posibilidad de libertad condicional una vez cumplidos los 35 años y 5 meses tras las rejas. Esto recién podría pedirlo en 2044. Para entonces Alyssa habría cumplido 50 años.

Algunos expertos creen que podría intentar conseguir su libertad anticipadamente debido a que era menor de edad cuando cometió el asesinato.

En su vida carcelaria Alyssa no ha mostrado ningún arrepentimiento por lo que hizo y es considerada una presa peligrosa. Se negó a recibir tratamiento psiquiátrico y psicológico porque asegura que es una persona “normal”.

En 2017, la madre de Elizabeth, habría llegado a un acuerdo para que la convicta le pague 5 millones de dólares. No se sabe de dónde sacaría Alyssa semejante suma.

Varias veces los abogados de Alyssia apelaron la condena. En 2021, el abogado que la representa, Gary Brotherton, pidió al juez que anulara su declaración de culpabilidad. No tuvo éxito.

La familia de Olten teme que algún día alguien en la justicia cambie de opinión y Alyssia quede en libertad. Todavía es demasiado joven y nada parece indicar que su mente haya mejorado.

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