Sexo descontrolado, 2 niños asesinados; y una madre acusada de matar a sus hijos

Alice Crimmins fue condenada dos veces por los asesinatos de sus hijos. Tenía una vida promiscua y la sociedad se sorprendió por su frivolidad frente al drama: ella se maquillaba, no lloraba y usaba ropa llamativa.
Alice Crimmins fue acusada de asesinar a su hija de 4 años y a su pequeño de 5 años. Foto:Getty Images

Alice Crimmins fue acusada de asesinar a su hija de 4 años y a su pequeño de 5 años. Foto:Getty Images

Por: Carolina Balbiani / Infobae -

Los casos policiales intrincados suelen tener miles de aristas. Este es uno de ellos. Contaremos la historia oficial de la señora Alice Crimmins, pero también los detalles que no despejan todas las dudas sobre los asesinatos de sus hijos.

Alice, nació el 9 de marzo de 1936 en el Bronx, un barrio de Nueva York, en los Estados Unidos y fue educada en el Saint Raymond, un colegio irlandés de monjas. En 1959, con 23 años, se casó con su novio Edmund “Eddie” Crimmins, mecánico de aviones.

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Los primeros tiempos fueron felices, pero después del nacimiento de su primer hijo, Eddie comenzó a trasnochar con sus amigos y a tomar en exceso. Mientras él engordaba con tanto alcohol, Alice se sentía presa en su casa y desplazada del centro de atención. Atención que comenzó a buscar en otros hombres. Cuando nació su hija menor decidió que no quería pasar por más embarazos y comenzó a tomar pastillas anticonceptivas a escondidas. Eddie, controlador y católico fervoroso, halló las píldoras en su cartera y no se lo perdonó.

Las cosas fueron empeorando hasta que, en 1964, se separaron. Ese mismo año tuvo lugar un escandaloso episodio (ya lo relataremos más adelante) que culminó con Eddie pidiendo la custodia de sus hijos.

Celos y escuchas enfermizas

Antes de llegar a ese juzgado a pedir la tutela, Eddie ya venía espiando a su mujer con micrófonos que había ocultado en el dormitorio y el teléfono de Alice. Aunque ya no vivía en el edificio, tenía copias de las llaves y había montado un centro de escuchas en el sótano. Su obsesión por invadir la vida privada de su mujer había comenzado cuando su pequeño hijo, Eddie Jr, le dijo que mamá invitaba “primos” que se quedaban a dormir e iban a la cocina en ropa interior.

Alice se había volcado al sexo descontrolado e introducía hombres en su cuarto y en su cama. Celoso en extremo y adicto a la tecnología, Eddie empezó a pasarse horas grabando las relaciones sexuales de su mujer con otros. Una vez, en medio de un ataque de furia, subió desde el sótano de manera intempestiva y entró a la habitación. El amante de Alice salió corriendo desnudo de la casa, cruzó la calle y se subió a su auto.

Eddie justificó su conducta invasiva diciendo que tenía por objetivo juntar evidencia para obtener la tutela de los menores, pero lo cierto es que su obsesión era enfermiza y revelaba una personalidad oscura. Cuando Alice le reclamó por esas apariciones sin aviso, él le soltó que como ella no le prestaba atención había tenido que exponer sus genitales a unas niñas en el parque. Alice no le creyó y dejó pasar el repugnante comentario.

En eso estaba la familia cuando pasó lo impensable.

Desaparición forzada

La mañana del miércoles 14 de julio de 1965 amaneció soleada y calurosa. Eddie atendió el teléfono de su casa. Del otro lado de la línea estaba Alice que lo acusaba de haberse llevado, sin su permiso, a los chicos. Eddie lo negó. Ella le dijo que cuando destrabó la puerta del dormitorio (tenía una traba con un gancho por fuera) sus camas estaban revueltas, pero ellos no estaban. Eddie, que trabajaba de noche, rápidamente se dirigió al complejo de ladrillos colorado llamado Regal Gardens, en Kew Gardens Hills, en el barrio neoyorquino de Queens. El departamento quedaba en la planta baja y daba a la calle. Una vez juntos, llamaron a la policía para reportar la desaparición de Eddie Jr, de 5 años, y de Alice Marie (a quien todos llamaban Missy), de 4.

Para las 11 de la mañana el lugar estaba repleto de patrulleros. Lo primero que pensaron los investigadores fue en un secuestro. La señora Crimmins les dijo que la ventana de la habitación de sus hijos estaba abierta a 75 grados, pero ella recordaba haberla cerrado la noche anterior porque el mosquitero tenía un agujero y no quería que entraran insectos.

¿Dónde están los niños?

Un par de horas después la misteriosa desaparición de los chicos Crimmins se transformó en una investigación por homicidio. Un chico de 9 años, llamado Jay Silverman, encontró el cuerpo de Missy en un baldío en la calle 162, a unas ocho cuadras de la casa donde vivía la familia. Su cadáver estaba de costado y tenía puestos una remera de algodón blanca y una bombacha amarilla. La parte superior del pijama era floreada y estaba atada sobre su cuello tapándole la boca. Solo sobresalía el pelo rubio.

Informado del hallazgo, el detective Gerard Piering, llevó a la madre a la escena sin previo aviso. Alice casi se desmaya. “Es Missy”, dijo con un hilo de voz, sin llorar ni gritar. De regreso a su casa, en el auto de la policía, se mantuvo como ausente. Cuando descendió del vehículo ya había periodistas en la entrada del edificio que la ametrallaron a fotos.

Recién ahí, empezó a sollozar.

El cadáver fue derivado para los pertinentes análisis forenses que determinaron que Missy había sido estrangulada. La hemorragia en sus ojos era evidente y, también, los daños en el cuello. El perito médico Milton Helpern no encontró pruebas de abuso sexual. Las otras hemorragias en la mucosa de su garganta y en sus cuerdas vocales demostraban que había sido asfixiada hasta morir. En el estómago encontró su última comida: pasta.

A la mañana siguiente, los oficiales de policía quedaron estupefactos cuando tuvieron que esperar un buen rato antes de interrogar a Alice. Se estaba maquillando. El retrato de una madre frívola y poco angustiada había empezado a dibujarse.

Sobre el destino de Eddie Jr no tuvieron novedades hasta la mañana del lunes 19 de julio. Vernon Warnecke y su hijo Ralph (10) caminaban por el barrio cuando se asomaron para mirar dentro de una casa para niños construida sobre un árbol. Desde allí observaron un cuerpo tirado en un terraplén. El sitio quedaba a un kilómetro y medio de la casa de los Crimmins. El pequeño cuerpo había sido devorado por ratas e insectos y estaba totalmente descompuesto. Eddie Jr. era irreconocible a simple vista y el estado de sus restos no permitió determinar la causa de muerte.

Los chicos habían aparecido de la peor forma.

Delineador, botellas de alcohol y souvenirs

Una semana después de los dos entierros, la madre comenzó, en apariencia, a llevar una vida “normal”. Unidos por la tragedia, Alice y Eddie, se habían reconciliado. Por las noches, ella comenzó a ir a bares, donde bebía y bailaba. Su falta de lágrimas podía ser parte del shock sufrido; su obsesión por su aspecto, podía ser por un sentimiento de inferioridad que arrastraba desde hacía años y, por otro lado, las salidas nocturnas podían deberse a un mecanismo de escape de la realidad. Todas estas interpretaciones psicológicas no fueron tenidas en cuenta. El retrato que se hizo de ella no contribuyó para nada a la imparcialidad del público ni de la policía ni de la justicia.

El detective Piering, padre de seis hijos, se dio cuenta de que el caso podría ser su gran oportunidad para conseguir una promoción laboral. Que la madre de los chicos no estuviera llorando desconsolada le cayó mal. Su aspecto, peor. La veía maquillada en exceso, con abundante delineador. Además, llevaba una llamativa blusa floreada y unas calzas negras y estaba trepada a tacos altos. No parecía una madre destrozada.

Otros pequeños detalles alimentaron su desconfianza hacia la joven de 29 años. Cuando se supo por los peritajes que Missy tenía pasta en el estómago, Piering recordó que la madre había dicho haberles dado carne para cenar. Además, él había encontrado una caja de pasta en la basura de Alice junto con una docena de botellas de alcohol. La impertérrita Alice se había justificado diciendo que había limpiado la casa porque tendría una inspección de los servicios sociales debido a la custodia de los chicos.

Los detectives encontraron algo más entre lo descartado: una pequeña libreta negra con una lista de hombres. Y, debajo de la cama, un bolso con invitaciones a comer, souvenirs románticos y cartas.

Entre esos papeles había varios que confirmaban el romance de la dueña de casa con Anthony “Tony” Grace, 52, un poderoso constructor de autopistas y edificios, casado, con lazos con el mundo del hampa y con políticos del partido demócrata. También hallaron pruebas de que Alice había conocido al ex alcalde de Nueva York, Robert Wagner.

Antes de las desapariciones

Los investigadores le pidieron a Alice que contara cómo había sido su martes 13 de julio. Esta es la historia que se reconstruyó con sus dichos.

Entre las 14.30 y las 16.30, ella y los chicos, hicieron un picnic a seis cuadras del departamento, en el parque Kissena. En el camino de regreso, Alice compró comida para la noche en Sever ‘s delicatessen: carne, una lata de porotos y una gaseosa grande. Al llegar a su casa se comunicó con su abogado Michael LaPenna -un recomendado de Tony Grace-. Hablaron sobre una ex empleada doméstica que le reclamaba 600 dólares para no decir algo que podría perjudicarla en el juicio por la tutela. La audiencia por la custodia tenía fecha en cinco días más: el 19 de julio. Nunca se llevaría a cabo.

Terminó de conversar con Michael y, a las 19.30, cenó con los chicos. Luego, salieron a dar una vuelta. Alice llenó el tanque de nafta de su auto y quiso ver dónde estaba localizado el departamento amoblado que Eddie había alquilado. Volvieron a casa y, alrededor de las 21, los preparó para que fueran a dormir. Siguió dando vueltas, quería reemplazar el mosquitero roto de la ventana de sus hijos. Tomó uno que tenía en su cuarto, pero se dio cuenta de que estaba sucio con lo que parecía ser excremento de perro. Devolvió entonces el mosquitero agujereado al cuarto de los menores, lo apoyó sin atornillarlo y cerró la ventana.

Apiló y ordenó la ropa vieja y se deshizo de las botellas de alcohol. A las 22.30, agotada, se tiró en el sillón del living a ver el programa de tevé The Defenders. Mientras, esperaba que Tony Grace le devolviera una llamada. Pero fue ella quien discó celosa el teléfono del bar del Bronx que Tony frecuentaba. Lo encontró, pero no concretaron nada. Cortaron y Alice atendió el llamado de otro hombre, Joe Rorech (lo había conocido cuando trabajaba como moza en un bar en Long Island). Joe la invitó para que fuera a un bar en Huntington. Alice le dijo que no tenía babysitter y colgó.

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Siguió mirando televisión y, a medianoche, llevó a Eddie Jr al baño. Luego, cerró la puerta del cuarto con la traba. Alice dijo que lo hacía para evitar que Eddie Jr atacara la heladera de noche, pero los policías terminaron convencidos de que lo hacía para que los menores no interrumpieran sus escarceos amorosos.

Sacó a la perra Brandy para que hiciera pis y, al volver, se sentó en el porche. Cuando estaba por irse a dormir, llamó Eddie y discutieron por la empleada que reclamaba dinero. Alice se puso nerviosa y sacó de nuevo a pasear a Brandy. Volvió, se dio un baño y se fue a dormir entre las 3:30 y las 4 de la madrugada.

Dinero para no hablar

¿Por qué la ex empleada de Alice la chantajeaba? Evelyn Linder Atkins podía contar algo que había ocurrido el año anterior, en 1964, estando Eddie y Alice ya separados. La anécdota que tenía para ventilar en el juicio la perjudicaba. Alice la había llamado para que cuidara a sus hijos porque tenía una fiesta en un yacht privado de Tony Grace. Grace era gordito y petiso, llevaba un bigote muy fino, le gustaba usar trajes de seda y ostentaba en uno de sus dedos un impactante anillo con un diamante rosado.

Evelyn aceptó y se quedó con ellos. Alice nunca volvió porque, según dijo, Grace y sus amigos encerraron a las mujeres en el baño, como una broma, y salieron a navegar con destino a las Bahamas.

Como la madre no regresó, la babysitter terminó llamando a Eddie para que fuera a buscarlos. Él los recogió y los llevó a lo de su suegra. Estaba furioso. Al día siguiente, se presentó en los tribunales y pidió la custodia. “No estás preparada para criar a los chicos”, le gritó a Alice.

El día 13 de Eddie

El padre de los chicos también tuvo que contar qué había hecho el 13 de julio. Le dijo a la policía que a las 7 de la mañana había jugado nueve hoyos de golf en una cancha pública. Luego se tomó tres cervezas en el club house con un amigo y miró en televisión un partido de baseball de los New York Mets. A las dos de la tarde dejó el lugar y manejó hasta Huntington para ver si Alice estaba con Joe Rorech. Allí no había señales de su viejo auto, un Mercury convertible que usaba ella.

Se dirigió a su departamento y a las 17 se tiró a ver televisión. A las 23 tuvo hambre y manejó hasta un local de comidas rápidas donde comió una pizza y bebió una Pepsi. Más tarde fue hasta un bar donde pidió unos gin tonic. A las 2.45 se marchó y manejó hasta el estacionamiento que estaba ubicado detrás del departamento de Alice y los chicos. Miró las ventanas del que había sido su dormitorio y del living. Había luz. Volvió a su casa y llamó a Alice, pero ella le colgó. Miró una película y se durmió cerca de las 4 de la madrugada.

Eddie colaboró con la investigación y se sometió a un detector de mentiras. Alice no quería, pero él la convenció. Luego de un par de preguntas, sin embargo, ella se negó a continuar. La policía se concentró en Alice como sospechosa y olvidó a Eddie.

La libreta negra

Los detectives intentaron seguir varias pistas, pero siempre volvían a su sospechosa favorita: la señora Crimmins. Estudiaron los nombres de los hombres que figuraban en la libreta negra de Alice. Entre ellos a Tony Grace quien admitió que había manejado esa madrugada hasta un restaurante llamado Ripples para ir a jugar al bowling con un grupo de “chicas”. Otro de los nombres de la libreta era Joe Rorech quien le dijo a los detectives que había llamado a Alice dos veces esa noche: a las 22 y a las 2 de la madrugada. La primera la invitó a un bar y ella no quiso ir; la segunda, directamente ella ya no le respondió. Joe se quedó bebiendo hasta que se emborrachó. El 6 de diciembre de 1965 le hicieron la primera de dos pruebas de la verdad con una inyección de pentotal sódico. La pasó sin contratiempos.

Luego, aprovechando su vulnerable estado económico, lo convencieron para que hiciera de espía. Querían que la grabara. La policía instaló micrófonos en una habitación de hotel a la que Joe llevó a Alice varias veces. De las grabaciones no surgió nada.

El sonido del sexo

El matrimonio se mudó a vivir a un nuevo departamento de tres habitaciones en Queens. Querían alejarse de la mirada de labero no pudieron escapar a la vigilancia de la policía que colocó micrófonos ocultos en toda la vivienda. Esperaban que, escuchando sus conversaciones, surgieran pruebas del crimen. Era una apuesta rara porque Alice sabía que estaban oyéndolos.

El desfile de encuentros sexuales siguió alimentando las escuchas como una película triple XXX. Su vida promiscua había entrado en el tablero de ajedrez de la investigación. La policía lo intentó todo para quebrarla. Llegaron a pinchar las gomas del auto de Joe Rorech para provocar una pelea entre él y Eddie.

Aunque no se encontró suficiente evidencia para vincularla con los asesinatos, el 11 de septiembre de 1967, Alice fue arrestada. El 9 de mayo de 1968 comenzó su juicio. Entre los que declararon estuvo el Dr. Milton Helpern, el experto médico forense, que aseveró que la comida hallada en el estómago de Missy era consistente con una ingesta hecha menos de dos horas antes de su muerte. Si tenía razón y Alice era la única que les había dado de comer, no podía haberla visto viva a la medianoche cuando llevó a Eddie Jr al baño. Missy ya habría estado muerta para ese entonces. Y en su estómago había pasta, no carne como había dicho Alice. Nada cerraba.

Las declaraciones de dos testigos fueron demoledoras para la acusada. Joe Rorech aseveró: “Ella no quería que Eddie tuviera a los chicos. Hubiese preferido ver a los chicos muertos antes que con él”. El defensor de Alice pensó que el jurado comprendería que era solo algo que se dice en el fragor de un divorcio. Pero Rorech sostuvo, también, que ella había dicho que los chicos “entenderían, ellos sabían que era lo mejor (...) Joseph, perdoname, los maté”.

Alice reaccionó alterada frente a los dichos de Joe Rorech y le gritó: “¿Por qué hacés esto? Eso no es verdad… ¡Oh mi Dios!”.

Luego se sumó el testimonio de la testigo Sophie Earomirski, una vecina de Alice que padecía insomnio. Subió al estrado y se explayó con lo que había visto desde la ventana de su living esa madrugada del 14 de julio. Dijo haber observado, poco después de las dos de la mañana, a un hombre y a una mujer caminando. Ella iba detrás y llevaba un bulto de mantas blancas debajo de su brazo izquierdo y a un niño con la mano derecha. Un perro los acompañaba.

El hombre le gritó a la mujer que se apurara; ella le dijo que se quedara tranquilo, que alguien los podría ver y que la perra estaba preñada. El hombre tomó el bulto de mantas y se sentó en el asiento trasero del auto, el niño hizo lo mismo. La perra podría haber sido Brandy, la mascota de los Crimmins, que una semana después parió un cachorrito.

El jurado entendió que era razonable creer que el bulto de mantas era nada menos que el cadáver de la pequeña, que la mujer era Alice y el niño Eddie Jr. La defensa intentó atacar a la testigo por sus antecedentes de depresión, un supuesto intento de suicidio y porque, una vez, había metido la cabeza dentro del horno para ver cómo iba la comida. No alcanzó.

Cuando Alice subió a declarar las preguntas de los fiscales fueron directo a cuestionar su intensa vida sexual. Salió a relucir todo: lo del yacht, el amante corriendo sin ropa y una escena en la pileta de Joe Rorech donde ella se bañó desnuda. Esa fue la estocada final. El diálogo entre la acusada y el fiscal fue el siguiente:

- ¿Tiene (Joe Rorech) una piscina allí, Señora Crimmins?

-Sí, la tiene.

- ¿Estuvo usted en esa piscina?

- Sí, he estado.

-¿Qué tenía puesto usted, Señora Crimmins, en la piscina?

- Una vez un traje de baño; otra vez, nada.

-¿Dónde estaban sus chicos mientras usted se bañaba en la piscina del señor Joe Rorech sin traje de baño?

- Ellos estaban muertos.

No había mucho más que agregar.

El juicio duró 13 días y fue condenada el lunes 27 de mayo de 1968. El juez la envió al correccional estatal de mujeres Bedford Hills, donde debería cumplir no menos de 5 años de cárcel y no más de 20.

Juzgada por segunda vez

No estuvo mucho tiempo presa porque un abogado de alto perfil mediático, Herbert Lyon, tomó su caso. Logró que Alice se mantuviera libre casi tres años y que se la volviera a juzgar. Lyon dijo que la había aceptado como clienta porque sentía lástima por ella. Las malas lenguas murmuraban que, en realidad, era porque detrás estaba el poderoso amante de Alice, Tony Grace.

Grace fue leal con ella y la visitó en prisión, una vez por semana, durante todo su encierro.

El segundo juicio se llevó a cabo entre marzo y abril de 1971. Otra vez, hubo testigos sacados de la galera. Unos la involucraban diciendo que la habían visto aquella noche; otros se adjudicaban ser ese grupo familiar y la sacaban de la escena.

El 13 de mayo de 1971, el jurado encontró a Alice Crimmins nuevamente culpable y fue sentenciada a pasar su vida en prisión por dos asesinatos en primer grado.

La cosa no terminó ahí. En 1973, la Suprema Corte de Nueva York consideró que su condena debía ser anulada en lo que hacía a Eddie Jr porque nunca se había determinado la causa de su muerte. Apelaciones, anulaciones, salidas de la cárcel, reingresos… La vida de Alice era una novela negra.

Arañando la libertad

En enero de 1976 Alice tuvo el derecho a pedir la libertad condicional. En agosto de ese mismo año el diario The New York Post publicó una noticia que impactó: Alice había pasado ese domingo “bajo el bálsamo del sol del verano, en un crucero de lujo en City Island”. Los lectores se enfurecieron con la “madre asesina”. En julio de 1977, ella contrajo matrimonio con el dueño de aquel crucero, su millonario novio Tony Grace. Y fue publicada una foto de ella subiendo al Cadillac blanco de su flamante marido. La prensa, indignada, la mostró en bikini y disfrutando de su nueva vida de mujer rica.

Dos meses después, le fue otorgada la libertad bajo palabra. Se mudaron primero a Cayo Largo, donde tenían un crucero llamado Alicia II y, luego, a Boca Ratón, en el estado de Florida, donde intentaron volver al anonimato.

La incertidumbre de la verdad

La fiscalía no pudo demostrar el motivo por el cual Alice podría haber querido eliminar a sus hijos ya que su presencia no impedía su alocada vida sexual. Además, podría haberle cedido la tenencia a Eddie. ¿Cuál era el móvil de los crímenes? Los rumores eran contradictorios. Que habían muerto en manos de sicarios enviados por su amante que no quería niños en el medio; que su marido celoso era el verdadero criminal; que ella no quería a Missy y la había matado durante un ataque de furia y que su otro hijo había sido un testigo indeseado…

Nada pudo probarse. Eddie Crimmins no fue investigado, incluso habiendo estado esa noche en el lugar. Fue descartado por ser considerado tan elemental que no podría haber planeado los hechos. Tony Grace, por supuesto, dijo no tener nada que ver con esas muertes. Alice, para ser justos, también siempre lo negó.

Las tribulaciones de los Crimmins fueron la plataforma, en 1975, para el best seller de la famosa escritora de misterios Mary Higgins Clark, ¿Dónde Están Los Niños?

Eddie Crimmins se volvió a casar y se mudó a Leesburg, Florida, donde murió en 2012. Joe Rorech siguió, hasta su muerte en 2006, en bancarrota. Tony Grace murió en 1998, en Harrison, Nueva York. Alice Crimmins, o Alice Grace, tendría hoy 85 años. Hay quienes afirman haberla visto en Florida, viviendo bajo otro nombre; otros, paseando por Nueva York.

De seguir con vida, Alice podría ser la única capaz de develar lo ocurrido con sus hijos. Inocente o culpable, lo más seguro es que no quiera recordar aquella negra etapa de su vida donde se convirtió en “la madre más odiada de los Estados Unidos”. Un podio que comparte hoy con la convicta Susan Smith quien ahogó a su dos hijos en 1995 y con Casey Anthony, quien fue acusada por matar a su hija en 2008 pero por falta de pruebas evitó ser condenada.

Evitar los recuerdos puede ser la única forma que Alice haya encontrado para continuar viviendo.

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