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Las memorias del Chamán

En la imagen se aprecia al exgeneral Manuel Antonio Noriega, con su bastón.

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Noriega: las memorias del Chamán, es un reportaje publicado ayer por el diario La Vanguardia, donde el diario describe un encuentro con el exgeneral Manuel Antonio Noriega, cuando guardaba prisión en El Renacer.

La periodista Carmen Carrasco relata que en esa ocasión le llevaba como regalo a Noriega el libro ‘El Extranjero’, de Albert Camus, describe la historia de un hombre que nunca lloró la muerte de su madre, mata a un árabe y al saberse condenado a la pena capital, por fin entiende el por qué está aquí, en este lugar, en este planeta… porque todos estamos condenados a morir.

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El reportaje describe que Noriega se apoyaba en un bastón de mangle, el cual en el trascurso de la charla me comentó que le fue confeccionado por un reo. Ese día lleva una ruana (abrigo suelto sin mangas) color vino que le da la apariencia de un chamán conocedor de la alquimia, de los juegos y rejuegos que lo llevaron al poder, que el hombre que provocó que un ejército invadiera Panamá.

La Vanguardia destaca que la traición, de los que alguna vez consideró amigos, le provocaron una isquemia, que a los años le trajo secuela en su andar, y su paso en la prisión de La Santé, en Francia, le hizo sentir nostalgia por las noches parisinas. Pocos amigos como Gadafi, quien le ayudó en los momentos más difíciles en París, cuando fue condenado. “Sin él”, me dijo, “hoy estaría tan muerto como él. Me habían fallado todos, menos mis hijas y él.”

Sus relatos de Gadafi son tantos, como el temor del expresidente Bush padre, pensando que un día la justicia de Estados Unidos podría dejarlo en libertad, por buena conducta, y entonces ambos se conjugaríann para ejecutar un atentado contra él, aunque, según Noriega, “eso no estaba en mis planes. Al que, en algún momento, lo consideré amigo”.

En el encuentro, Noriega nunca aceptó directamente haber trabajado para la CIA y sobre el general Marc Cisneros, uno de los que dirigió la invasión, en tono de burla, aseguraba que “ese día -20 de diciembre de 1989- al pocho se le calentó la cerveza, esa fue mi venganza”.

Cisneros había dicho que Noriega caería antes de que se enfriara su Lone Star, cerveza que se produce en el Estado de Texas, lugar en el que nació.

Festejó el triunfo en las urnas de Óscar Arias, que lo llevó a la presidencia de Costa Rica, no así al ganar el Premio Nobel, del cual nunca lo consideró merecedor de tal galardón.

De Montesinos, su compañero en la escuela militar del Perú, Noriega insinuó que alguien en Panamá tiene una cuenta pendiente con él.

De los políticos y militares panameños solo atinó a decirme, “tengo un amigo que viste de blanco, él se encargará de ello”. Para él ese hombre es Dios, el que le haría justicia.

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