Ciudades antipersona
Una comunidad de vecinos londinense colocó una especie de pequeños conos metálicos en el soportal de entrada a su edificio. El objetivo no era otro que librarse de una persona sin hogar que dormía en el suelo. Respecto a lo que muchos calificaron de proceder inhumano y degradante, se han multiplicado las críticas, tanto en las redes sociales como a pie de calle, con activistas que manifiestan su indignación. Sin embargo, no es un hecho aislado.
Conocidos como pinchos “antimendigos”, no son el único obstáculo que abunda en las grandes urbes. Ni tampoco una medida exclusiva de cajas de ahorros, supermercados u otros establecimientos. De hecho, pueden encontrarse incluso debajo de algunos puentes. Además, las calles y plazas más céntricas están llenas de bancos sin respaldo ni apoyabrazos, inclinados, o divididos para que nadie se tumbe. Un diseño premeditado que excluye a un sector tan vulnerable como el de personas sin hogar o el de la prostitución. Pero también a mujeres embarazadas, personas mayores o con discapacidad física.
Eva García Pérez, arquitecta-urbanista del Observatorio Metropolitano, asegura que siempre hay una ideología detrás de estas actuaciones: “Son estrategias para desplazar lo que la ciudad no quiere ver”. Advierte que “muchas veces hay detrás un falso discurso arquitectónico: el higienista, la falsa sostenibilidad o el disfraz de diseño contemporáneo”. Sin olvidar el de la obsesión por la seguridad. Pero la solución no es invisibilizar la pobreza y excluirla de las zonas “acomodadas”. Para Adolfo Estalella, antropólogo de la Universidad de Manchester, los pinchos son “una manera más de hacer política, una política difícil de eludir, una política miserable que no soporta la presencia de la miseria”.