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Los apóstoles tuvieron que atender un problema logístico debido al crecimiento de la comunidad. La Palabra nos enseña el discernimiento que hicieron: “No parece bien que nosotros abandonemos la palabra de Dios por servir a las mesas.” Y más adelante nos narra que buscaron a otros que se dedicaran a este trabajo: “mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra.” La gran tentación que durante siglos ha seguido asaltando a los católicos ha sido la de no dar los frutos propio del estado de vida.
Cada árbol debe dar su propio fruto y todo árbol se conoce por sus frutos. No puede salir buenos mangos de un árbol de naranja ni buenos marañones de una palmera, de la misma forma no pueden surgir buenos frutos de una vocación mal orientada.
A algunos nos asalta la duda por la falta de sacerdotes, y a los sacerdotes y obispos les asalta la duda por la falta de iniciativas laicales. Pero Jesús nos dijo: la mies es mucha y los obreros son pocos, oremos al dueño de la mies para que envíe más obreros a su mies. La falta de sacerdote no se soluciona convirtiendo a laicos en cuasi sacerdotes, y la falta de iniciativas laicales, convirtiendo a los curas y obispos en líderes de iniciativas propias de los laicos. Hay que orar para que surjan ambas vocaciones en la Iglesia, pero también luchar por orientar a los que están para que hagan lo que les es propio.
Como nos dice la Palabra a cada uno: “cual piedras vivas, entren en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo.”