La Constitución
Una Constitución, como bien decía Fernando Lasalle, refleja “los factores reales de poder”, dentro de una sociedad y en un periodo histórico determinado.
La Constitución de 1972, que con todas sus reformas aún rige la organización política del país, fue fruto de un golpe de Estado militar y curiosamente fue la única Constitución en el mundo que mencionaba, con nombre y apellido, el nombre de Omar Torrijos, como jefe de Gobierno de Panamá.
Es cierto, que ese insólito artículo fue eliminado en la primera reforma que se le hizo a la carta magna, pero es una realidad que el máximo cuerpo de leyes tiene un carácter autoritario, discrecionalista y vertical, producto de su origen cuartelario.
La Constitución de 1941, por ejemplo, promulgada durante el mandato de Arnulfo Arias, fue considerada racista, pues impuso restricciones a la inmigración por razones raciales, muy cónsono con el momento histórico que se vivía en medio de la guerra contra el totalitarismo nazi fascista.
Esa constitución de corte autoritaria fue rebasada por la Constitución de 1946, calificada en su momento como “la más progresista del mundo”, por la calidad del constituyente panameño de entonces, y por el ambiente democrático que se respiraba en el mundo, por la derrota de las fuerzas totalitarias, en Europa.
Lo cierto es que, en los actuales momentos se hace necesario una nueva constitución que mande al basurero de la historia a la vieja carta magna de corte militarista.
Una nueva que no hable de presunción de inocencia, sino de “estado de inocencia”; que no hable de estado de Derecho, sino de “estado social de Derecho”.
Se necesita una constitución que garantice que efectivamente Panamá no tiene ejército ni proclividades militaristas, en la que todos los sectores de la sociedad se sientan representados. Esa es la tarea que la historia le impone al próximo Gobierno.