La nueva guerra
Llevó décadas demostrar que fumar provocaba cáncer, enfermedades cardíacas e incluso la muerte, y otros tantos años más afirmar que los fumadores pasivos sufrían consecuencias similares. Hace tiempo que llegó la hora de admitir que tenemos ante nosotros una grave amenaza: la contaminación, que nos convierte a todos en fumadores pasivos.
Cerca del 23% de los fallecimientos en el mundo se producen por vivir o trabajar en ambientes poco saludables, según los últimos datos de la OMS. Los factores de riesgo ambientales, como la polución del aire, el agua y el suelo, la exposición a los productos químicos, el cambio climático y la radiación ultravioleta contribuyen a más de 100 enfermedades o traumatismos. El número de muertes prematuras por la contaminación podría duplicarse de aquí a 2050, cuando los núcleos urbanos pasen de albergar a la mitad de la población a acoger al 70%.
La contaminación ambiental se cobra más víctimas que la malaria, la tuberculosis y el sida juntos. La insalubridad ambiental provoca 12.6 millones de muertes al año. Irónicamente, en la última década se ha dado un cambio de patrón: al mismo tiempo que se reducían las muertes debidas a enfermedades infecciosas como la diarrea y el paludismo, vinculadas a la mala calidad del agua, el saneamiento y la gestión de las basuras, aumentaban las provocadas por problemas ambientales.
Pero otros estudios recientes han puesto de relieve que la contaminación también impacta sobre el cerebro. “Está muy demostrado el efecto que la contaminación tiene sobre el aparato respiratorio y, especialmente, sobre el sistema vascular, pero se ha demostrado que también está ralentizando la actividad de nuestras neuronas”, asegura Jordi Sunyer Deu, director adjunto e investigador del Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (Creal) de Barcelona.
El Creal obtuvo esta conclusión después de medir los niveles de polución en 39 escuelas primarias de la ciudad. Después, examinaron el desarrollo cognitivo de los 3,000 alumnos. “Y lo que encontramos fue que los niveles de contaminación en las aulas y en los pasillos estaban relacionados con el desarrollo de las funciones cerebrales y también con los síntomas clínicos de problemas de conducta”, explica Sunyer. Después de realizar un escáner del cerebro mediante resonancia magnética funcional (IRMf), los resultados preliminares mostraron que los cerebros de los niños que se encontraban en áreas de polución alta respondían más lentamente a los estímulos visuales y auditivos.
Sunyer alerta de que cada día se fabrican nuevas sustancias sintéticas que antes no existían: “El mercurio o el plomo son sustancias de las que los romanos ya estaban altamente contaminados. Pero muchas las hemos creado nosotros. Podemos encontrarlas en los plásticos, en los cosméticos, en la ropa, en los muebles…”. Eso explica que en nuestra sangre haya 300 sustancias químicas que no tenían nuestros abuelos.
Sabemos que los niveles de contaminación se deben principalmente al tráfico de vehículos diésel. “Tenemos que librar a las ciudades de los vehículos con esos motores contaminantes. Tenemos que cambiar la manera en la que nos transportamos; la movilidad de las ciudades tiene que transformarse”, añade Sunyer.
Algunas voces hablan ya de la sexta gran extinción. Otras, como la de Jordi Sunyer, prefieren no alentar el catastrofismo: “Que la especie deje de ser capaz de procrearse es un mito. Los datos no confirman que pueda darse una disminución de la fertilidad que impida la regeneración de la especie. Aunque es cierto que la viabilidad de los espermatozoides ha disminuido, la esperanza de vida sigue aumentando. Es indudable, eso sí, que nos enfrentamos a uno de los problemas más graves de la humanidad”.