Valores cívicos
Una evidente señal de descomposición social y de creciente desintegración de los valores que como ser humano debe caracterizarnos es la falta de cortesía hacia nuestros semejantes y nuestra conducta pública.
Años atrás no era extraño que al toparnos con un desconocido diéramos los buenos días y a la vez obtuviéramos una respuesta amable.
Igualmente, era común en los bulliciosos “diablos rojos”, ceder el asiento a alguna dama embarazada o persona anciana.
Recuerdo que cuando abordaba el autobús, si llevaba algún paquete voluminoso, el mismo se dejaba cerca del asiento del conductor, con la seguridad de que si estábamos en el último puesto, al bajarnos ahí estaría la bolsa bajo la vigilancia de ese amable conductor.
Siendo estudiante y sin tener a veces para pagar el bus, podía pedirle al chofer que nos hiciera el favor de llevarnos, aunque no tuviéramos con qué pagarle.
Esa conducta es hoy impensable y el que se arriesgue a hacerlo recibirá una retahíla de insultos y cuidado que hasta un soplamocos de parte del pavo del bus, que por cierto, en los 60 y 70 no existían.
En épocas de festividades religiosas, las familias se recogían, las calles se vaciaban y todo era silencio de franca reflexión cristiana.
Hoy lo que vemos, a inicios de Semana Santa, es a ciudadanos, sobre todo jóvenes, comprando cajas de cerveza y licor para degustar Jueves y Viernes Santo, como si el mundo se fuera a acabar.
Qué decir de los tocadiscos y aparatos de música que para Semana Santa enmudecían en muestra de respeto.
Usted se da una vuelta por cualquier barriada y ve en pleno Viernes Santo, a borrachines libando en las esquinas con música a todo volumen.
Un pueblo que pierde sus referentes de integridad y valores de convivencia se vuelve débil y pusilánime, siendo presa fácil de los mercenarios y abusadores de la política que los sobornan baratijas para mantenerlos postrados en la ignorancia.