El ayuno
Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada, sino con la oración y ayuno» (Marcos, 9, 28-29). En el siguiente texto del Evangelio según San Marcos apreciamos cómo Jesús les aclara a sus discípulos la razón por la que ellos no pudieron expulsar un demonio, vemos cómo el Señor les dice que esta clase solo puede ser arrojada con oración y ayuno.
La impotencia de los discípulos no es mostrada como un problema de fe ni como un problema de valentía o entereza, sino como la ausencia de disciplina espiritual que en la Iglesia le llamamos acética.
Hoy día también nosotros debemos enfrentarnos a demonios que nos atacan incesantemente, que nos lanzan dardos encendidos para excitar nuestra concupiscencia y despiertan nuestra soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza, esta lucha la podremos librar con la fuerza del ayuno y la oración. Porque muchos de esos dardos demoniacos se alojan con raíces profundas dentro de nosotros y que por mucho que intentamos expulsarlos de nuestra vida, no podemos.
Por eso durante esta Cuaresma el Señor nos llama a luchar con la ayuda de su gracias contra el mal que brota de nuestro corazón. Y para esta lucha nos regala armas poderosas como el sacramento de la confesión que nos perdona todos los pecados cometidos hasta ese momento.
La santa Eucaristía o misa que nos fortalece y nos conforta en medio de la dura batalla. La lectura meditada de la palabra de Dios que nos da la luz que ilumina nuestra vida terrena. Además, contamos con el ayuno y la oración que fortalece nuestro espíritu.