La limosna
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En medio de los azares de la vida diaria tenemos necesidad de la ayuda del Señor. En diferentes momentos del día clamamos a Dios diciendo: ¡Dios mío, ayúdame! ¡Ojála Dios quiera! o cualquier otra oración donde elevamos nuestra alma a Dios.
Sin embargo, en medio de esas experiencias de oración, también pensamos ¿cómo podríamos hacer para que mi oración sea agradable al Señor? La respuesta a esta pregunta la obtenemos primero meditando lo que pedimos y cómo lo hacemos.
Si usted está pidiendo con fe algo que es bueno y agradable a Dios, y quiere que su oración suba como una ofrenda agradable al Señor, entonces debe unir esa oración a la limosna. En los Hechos de los Apóstoles nos narra cómo un ángel le dice a Cornelio… «Tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial ante la presencia de Dios. (Hechos10, 4)
Resulta claro el mérito ante Dios de no solo la oración, sino de la limosna. Pero también resulta claro que la limosna ni fue dada con la intención de progresar económicamente, ni dio tampoco ese fruto. La limosna fue dada para agradar al Señor y el fruto que Jesús le concedió a Cornelio y a su familia fue el Espíritu Santo.
Por eso, durante esta cuaresma oremos con fe, demos limosna con amor y no solo obtendremos el Reino de los Cielos y su justicia, sino que todos los demás nos vendrá por añadidura.
Por ello debemos aclarar que el espíritu de la limosna es ayudar al pobre en su necesidad como una obra de misericordia y solidaridad por amor a Cristo y no una inversión que busca prosperidad económica convirtiendo la limosna en una especie de inversión interesada.