Perdonar de corazón
En alguna ocasión a lo largo de nuestra vida nos tocará perdonar a alguien que nos ha hecho daño.
Es difícil siquiera verlo mucho menos perdonarlo. Las heridas que esta persona nos ha infligido han dejado una huella honda en nuestro corazón.
Para el que no está sufriendo el dolor le es muy “cómodo” y “fácil” decirle al otro que perdone.
Les puedo asegurar que si perdonar fuera fácil, todos seríamos santos. Nos soy iluso y sé que habrá personas muy santas que podrán perdonar al otro casi instantáneamente, pero para la gran mayoría de nosotros, pobres pecadores, el perdón es un proceso.
Les puedo recomendar una fórmula que a mí en lo particular me ha funcionado.
El primer paso es reconocer que tenemos un resentimiento (justificado o no) y que debemos sanarlo no solo por obedecer a Dios, sino también por nuestro propio bien.
Acto seguido es poner ese resentimiento al descubierto en las próximas confesiones que tenemos hasta que sane.
Pedir a Dios que nos sane el corazón y procurar orar por la persona en cuestión pidiéndole a Dios que lo perdone y lo bendiga.
Eso por supuesto que al principio lo haremos a disgusto, pero digámosle a Dios que lo hacemos como un acto de obediencia a Él, aunque no nos agrade.
Les aseguro que si perseveramos en esa oración en muy poco tiempo el Señor nos sanará del todo y podremos ser libres de esta horrible cadena.
La liberación no consiste en que olvidemos lo ocurrido, sino en que lo podemos recordar sin que nos cause odio o enojo.
El perdón no consiste necesariamente en que volvamos a ser amigo de la persona, sino que no le deseamos el bien.