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Postales de un internet muerto. Cuando la red deja de ser humana

Instagram, Twitter y especialmente TikTok han mutado en ecosistemas donde lo absurdo reina

Entre todas las creaciones humanas —desde rascacielos hasta autopistas— internet destaca como la más trascendental y vasta. Hablamos de zettabytes (cada uno equivalente a un billón de terabytes), con más de 180 de estas unidades acumuladas, gran parte dominada por el frenesí social digital. Cifras que desafían la comprensión.

En esta inmensidad, el control humano resulta ilusorio. Es tan inquietante como contemplar la vastedad del cosmos: un territorio sin gobierno y, en gran medida, desconocido. Aunque artificial por naturaleza, solo parece cobrar vida a través de nuestras interacciones... o al menos eso suponemos. Porque la red está cada vez más poblada por un ejército de actores no humanos —bots e inteligencias generativas que proliferan sin pausa.

¿Y si esa expansión desbocada está, en esencia, muerta? Esto nos lleva a la inquietante teoría del "internet muerto": la posibilidad de que la mayoría del contenido —perfiles, publicaciones, interacciones— ya no sean obra humana, sino el producto de agentes autónomos que generan y difunden información en un ciclo automatizado imparable.

Del caos al absurdo viral

La teoría no carece de mérito. Como miembro de la Generación Z y usuario habitual de estas plataformas, he sido testigo —y consumidor— de esta distopía en desarrollo. Instagram, Twitter y especialmente TikTok han mutado en ecosistemas donde lo absurdo reina: compilaciones caóticas con audio estridente, memes editados al completo azar, el llamado "humor del siglo XXI" —una meta-ironía hueca que reduce el entretenimiento a pura sobreestimulación sensorial, donde lo grotesco deviene gracioso solo por saturación cognitiva.

Esto es apenas la superficie. El llamado "AI slop" —contenido basura generado por IA que inunda las plataformas— se produce en masa y se viraliza precisamente por su sinsentido. Hablamos de híbridos surrealistas (un tiburón con zapatillas, un cocodrilo fusionado con un avión bombardero) acompañados de narraciones sintéticas que balbucean relatos sin coherencia. Este collage no es accidental: su cacofonía visual y auditiva está diseñada para sobresaltar y enganchar.

Humor como síntoma

Nuestra complicidad es diciente: aunque somos conscientes de la pobreza del material, lo compartimos con risa post-irónica —el sinsentido es el chiste—, nos burlamos, entre risas nerviosas, de nuestro propio deterioro cognitivo. Es una respuesta al exceso: información infinita, estímulos frenéticos y un contenido que oscila entre lo trivial y lo tóxico. Ante un presente incomprensible, la ridiculez se vuelve catarsis; un humor light que apenas requiere lenguaje, cuyo último giro cómico es reconocer lo jodidos que estamos.

Aún conservamos cierto control —internet no está técnicamente "muerto"—, pero su deterioro es imposible de ignorar. Una combinación tóxica nos arrastra: algoritmos deshumanizados, la indiferencia institucional, nuestra propia fragilidad psicológica, el aislamiento alimentado por esas vidas ficticias en Instagram y TikTok, y la adicción colectiva a la gratificación inmediata. Juntos, erosionan lo que alguna vez hizo valiosa la red: la creatividad espontánea, el pensamiento libre y la posibilidad de conexión humana.

‘Brainrot’ como respuesta

El engagement —la interacción con el contenido— es la moneda de las redes sociales. Da igual que el contenido sea grotesco, extremo o generado por IA —solo importa su capacidad de robar nuestra atención. Los algoritmos son indiferentes a la calidad, premian cualquier cosa que genere clics, creando un círculo vicioso de banalidad y repetición.

El 'brainrot' (podredumbre mental), palabra del año 2024 según Oxford, describe el deterioro cognitivo por exceso de estímulos triviales. No es solo una tendencia juvenil: es la evolución de un fenómeno antiguo. ¿Y qué eran los reality shows vulgares o la televisión basura? Lo mismo, pero amplificado. Antes éramos espectadores pasivos; ahora somos participantes activos en una intoxicación personalizada que corroe nuestra atención.

Vivimos exhaustos mentalmente. Entre la positividad impostada, el bombardeo sensorial y el escapismo digital que nos reduce a producto y consumidor simultáneo, la fatiga cognitiva se ha normalizado. Paradójicamente, en lugar de resistirnos, nos sometemos a mayor sobreestimulación. Optamos por el brainrot porque lo complejo exige una energía que ya no tenemos. Nos refugiamos en la ironía en vez de enfrentar el silencio de nuestras mentes vaciadas.

Simulacros y saturación

Lo que consumimos en redes y medios masivos son simulacros: representaciones distorsionadas de la realidad que reconfiguran nuestra percepción del mundo. Las plataformas no hacen más que regurgitar ficciones hasta borrar la línea entre lo real y lo fabricado.

En este entorno sobresaturado, nuestras vidas se inundan de basura digital automatizada. El resultado es una erosión progresiva de lo humano —creatividad, curiosidad, reflexión— reemplazado por un reflejo vacío de nosotros mismos.

El absurdismo digital no es casual; es síntoma y rechazo. Surge del ‘burnout’ digital, del cansancio de vivir identidades ficcionalizadas en redes. Este humor grotesco nos refleja: estropeados, exhaustos, perdidos en la liquidez de la modernidad.

La lógica del algoritmo

Esta avalancha de contenido basura está desplazando a los perfiles humanos, y las plataformas lo permiten e incentivan. ¿La razón? Un cálculo económico. Explotan nuestro FOMO (Fear of Missing Out), ese miedo a no estar al día que nos empuja a mantenernos hiperconectados.

El mecanismo es simple: a más engagement, más anuncios. Las plataformas premian la cantidad sobre la calidad, maximizando sus ingresos. El ciclo se autoalimenta: los algoritmos fabrican necesidades artificiales que demandan más contenido algorítmico.

En este fenómeno el 'AI slop' lleva ventaja: no compite con el contenido humano, lo ahoga bajo un tsunami de sinsentido. Las plataformas se convierten en máquinas de retroalimentación que amplifican la superficialidad.

Y he aquí la paradoja terminal: ese mismo brainrot, esa basura digital, se ha convertido en nuestro único mecanismo de defensa. Lo compartimos con una risa que sabe a derrota, porque en su meta-ironía encontramos un reflejo distorsionado de nuestra impotencia.

Contra el ruido, el silencio

Reconozcámoslo: el 'brainrot' se ha vuelto nuestro escapismo ante el agotamiento existencial. Yo mismo he sido cómplice. Porque su valor meta-irónico es innegable: el chiste ya no está en el contenido, sino en el reconocimiento colectivo de lo mal que estamos.

Pero no debemos permitir que esta autoconciencia irónica nos anestesie. Urge preguntarnos: ¿qué nos está haciendo esto como seres humanos? Más allá de la atención o la memoria, ¿cómo afecta nuestra capacidad de asombro o de habitar el silencio sin pánico?

No se trata de demonizar el meme ocasional, sino de entender por qué hemos convertido lo efímero en dieta permanente. Nos alienamos de nosotros mismos. En cámaras de eco digitales, interactuamos con una monstruosidad reciclada hasta el cansancio.

Esta realidad nos obliga a cuestionarnos: ¿dónde termina la agencia humana y comienza el control algorítmico? ¿Cómo explicar esa conexión sin comunidad que define nuestras interacciones digitales?

Francamente, temo que nos estemos convirtiendo en cascarones vacíos —o peor, que ya lo seamos sin admitirlo. Tal vez el silencio sea justo lo que necesitamos: reaprender a estar quietos, a disfrutar por gusto y no solo por evasión. Por nosotros mismos. Por algo auténtico.

La teoría del "internet muerto" no afirma que todo sea artificial, pero es un ejercicio mental crítico y necesario. Porque la verdadera tragedia no es la muerte de internet, sino cómo permitimos que su esencia —la conexión humana— sea reemplazada por un ruido que ya no nos pertenece.

 

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