El ciego que veía películas
Hoy me puse a recordar cómo era el Chitré de mi niñez, donde el vacilón no era motivo para liarse a golpes. Visitar el parque Unión todas las noches era parte obligada de la agenda juvenil de muchos de mi edad. No nos interesaban los programas televisivos, en su mayoría eran telenovelas mexicanas y venezolanas producidas con los mismos argumentos de lágrimas, traición, desamor, el bebé robado que al final terminaba en mansiones de padres acaudalados, mientras pasaba toda su vida en la más extrema pobreza. Tampoco teníamos computadoras ni internet ni teléfonos inteligentes, todo eso debimos esperar 50 años para que nos llegara. Entre tanto, los frescos portales con trinos enjaulados eran nuestro mundo cuando no estábamos en la escuela; y el parque Unión, nuestro punto de encuentro cotidiano antes de irnos a dormir.
En una esquina de ese parque se ubicaba en su quiosco para vender sodas y golosinas, Esteban Sánchez, quien era no vidente (según lo que se decía, cuando era un recién nacido, alguien equivocadamente le aplicó un medicamento que lo dejó sin visión por el resto de su vida). Los muchachos le decíamos "Esteban el ciego".
Nunca pidió limosna a nadie. En las noches atendía su quiosco en el parque. De día arreglaba con extraordinaria maestría servicios sanitarios y planchas eléctricas. Recorría toda la ciudad con una gigantesca bolsa de lona, que apenas tocaba tierra; en ella llevaba sus herramientas.
Una hermosa noche de octubre, y de luna llena; nos encontrábamos como una docena de chiquillos alrededor del quiosco de “Esteban el ciego” - debo aclarar que nos conocía perfectamente a cada uno, por el timbre de voz, por la risa, incluso, hasta por el ruido de los zapatos al caminar.
Ese día había un movimiento humano al frente del quiosco de “Esteban el ciego”, precisamente en el teatro Fénix. Dos filas de gente serpenteaba de esquina a esquina, del Fénix a la farmacia Universal. Esteban me dice –Barrios, ¿ese gentío?, ¿qué está pasando, ombe? A lo que le respondo –Esteban, es que en el Fénix están pasando la película de John Travolta, "Fiebre de sábado por la noche". Esteban responde: ¡Ah, esa película yo no la he visto!
Inmediatamente, le dice Cuchumbimbe --ni la vai a ve. ¿No que eres ciego, pueg?
Nadie dijo nada, pero la risa ...nos quedó encerrada en la boca de cada uno de los 12 muchachos que estábamos en el quiosco de “Esteban el ciego” esa noche.