Holocausto juvenil en Honduras
Están muriendo muchos jóvenes en nuestro país y le están arrancando de manera violenta a la patria sus nuevos hijos y su esperanza. Somos cómplices si guardamos silencio ante el genocidio actual donde miles de jóvenes derraman su sangre por diferentes causas. Son jóvenes estudiantes, trabajadores, policías, obreros, campesinos y desempleados los que son acribillados en nuestros pueblos y ciudades y miles de madres y familiares lloran sus pérdidas irreparables. Ajustes de cuentas, venganzas, sicarios pagados para matar muchachos, guerras entre pandilleros y otros factores inciden en este cruel drama en el cual se desangra Honduras.
Si a esto unimos el consumo de droga y alcohol, el desempleo y la falta de educación, la ausencia de familia y el ambiente corrupto que los lleva al desenfreno, vemos que la juventud hondureña está siendo conducida a un patíbulo donde le están cercenando la cabeza, decapitando el futuro de nuestro país. Las edades en las que mueren asesinados la mayor parte de los jóvenes es de 19 a 34 años. Igualmente los que participan en el narcomenudeo, los que están presos en nuestras cárceles o se drogan o caen en alcoholismo.
¿Y qué estamos haciendo nosotros? ¿Contemplar esta tragedia que se gesta imparable y decir que no se puede hacer nada? Es esta una postura antievangélica y nada patriota. Es necesario comprometernos como cristianos y como país en la lucha por liberar a la juventud de tanto dolor.
Para eso hay que tomar conciencia de que no es normal lo que sucede y que es en extremo preocupante. Hay un deterioro alarmante de la conciencia del valor de la vida y una brutal espiral de la violencia. Por eso nos atrevemos a decir que se vive en Honduras un genocidio juvenil.
Nosotros, como Iglesia, tenemos que intensificar el movimiento evangelizador de nuestro pueblo, fomentando en especial el respeto a la vida, que es sagrada. Igualmente promover más lo que ya es una realidad en muchas parroquias, los grupos juveniles, y extender el mensaje del Señor a todos los jóvenes a los que podamos llegar. Son decenas de miles los que están en las periferias existenciales a los que no llegamos. Por otro lado, urge crear un ambiente más propicio para el desarrollo de ellos. Eso significa más educación, empleo digno y una sana recreación, en especial el deporte y entre todos ayudar a crear un ambiente adecuado para la vida familiar.
Cuando no hay una estructura familiar sana se propicia el deterioro en ellos. En el caso de los jóvenes delincuentes, tanto comunes como mareros, promover programas de rehabilitación en los presidios y en centros especializados para ellos. Nunca podremos justificar un delito, pero sabemos que hay muchas causas que llevan a adolescentes y jóvenes a cometer actos ilegales, por lo que es necesario ayudarlos creando un ambiente más sano en nuestra sociedad, promoviendo juntos el Bien Común. A los políticos y gobernantes, a los educadores y empresarios, a los obreros y campesinos, a los comerciantes y a los que se dedican a cultivar el espíritu religioso de nuestro pueblo, como cristianos dolidos por este desastre les decimos: No podemos seguir permitiendo esta masacre que ha tocado todos los niveles de nuestra población hiriendo de muerte a nuestra juventud. La sangre de Abel clama al cielo y por eso debemos oír el clamor del pueblo joven aprisionado por el faraón de la violencia y la pobreza y luchar por liberarlo. El narcomenudeo se está cebando en los jóvenes a los que está enloqueciendo con la droga. El licor y la promiscuidad sexual también golpean al sector joven y crecen los casos de sida en esta población. La música y bailes indecentes los está degenerando. La falta de empleo y de estudio mantiene a un promedio grande de jóvenes en la vagancia siendo una carga para las familias y la sociedad. Estos, llamados los “ni ni”, son carne de cañón de la delincuencia. Muchos optan por irse ilegalmente a los Estados Unidos en un intento desesperado por sobrevivir económicamente y en su mayoría terminan frustrados y arruinados. Esto no puede continuar.
Ante esta realidad el pecado de omisión es la peor postura que podemos asumir. Por lo que hay que transformar nuestras estructuras sociales y económicas y crear un ambiente más sano donde crezcan nuestros niños y jóvenes. Todos tenemos que hacer algo más por los jóvenes y de manera urgente.
Hacemos un llamado ferviente a todos los que podemos de una manera u otra incidir en los cambios positivos, para que trabajemos más por nuestra juventud y detengamos este infernal holocausto juvenil. Yo sé que la lucha es difícil, pero con Dios es posible, porque con él somos invencibles.